HISTÓRICO
PESCADITO
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Por JUAN DAVID RAMÍREZ CORREA | Publicado el 06 de mayo de 2013

Pescadito. Así le dicen, tal vez por liso y difícil de agarrar. Su historia es aterradora. Tiene 19 años y 35 muertos a su espalda.

Sí, 35. Cuando la Policía lo detuvo simplemente atinó a preguntar con una frialdad pasmosa lo siguiente: "¿Por cuál de los 35 me están buscando?".

Pescadito, de nombre de cuna Andrés Leonardo Achipiz, fue el terror completo de Kennedy y Bosa, en Bogotá. ¿Quién se imaginó que un ayudante de construcción, escuálido y con cara mugrosa, fuera un asesino sin piedad?

Nadie. Pero si se indaga en la vida de este desadaptado, aparecen esas claves para entender la maldad que hay en ese cuerpo. A los cinco años lo obligaban a robar y como una esponja, absorbió toda la técnica para raponear bicicletas, teléfonos, relojes, lo que fuera.

Ya le había encontrado el gustico a la cosa.

Luego, ya con fama, un patrón lo puso a narcomenudear y el paso al gatillo fue pan comido: jíbaro que se atravesara, jíbaro que tenía que cargar tierra en el pecho. Con los años llegó el momento de la independencia. Asesino a sueldo, su nuevo trabajo.

Entre uno y seis millones cobraba, dependiendo del paciente. Su maldad es tal, que en esa época, no hace muchos años, le importó cinco matar a la mamá y al tío de su novia, una culicagada de 12 años de edad. ¿Posibilidades de rehabilitación? Mínimas, por no decir nulas.

A Pescadito le gusta asesinar porque es lo que sabe hacer, reflejo de cientos de cosas que pudo haber vivido y que son altamente comunes en Colombia: maltrato infantil, abuso psicológico y sexual, abandono.

Psiquiátricamente es un psicópata y clínicamente es mínimo lo que se puede hacer por él. Conclusión: Como dicen algunos expertos, queda solo la posibilidad de tomar medidas de control como la cárcel, pero la legislación colombiana le apunta a la rehabilitación.

Ahí viene el meollo del asunto. Si Pescadito hubiera sido capturado hace dos años, no habría más que enviarlo a un centro de rehabilitación, espacios que se han convertido en un escampadero para delincuentes hechos y derechos.

Las estadísticas dicen que cerca de 29.000 menores de edad fueron acusados el año pasado de homicidios, secuestros, tráfico de drogas y robo.

No se puede hacer mayor cosa con ellos porque tienen la protección del Código del Menor y la Ley de Seguridad Ciudadana, normas que les dan amparo como si fueran angelitos. En otras palabras, estos malosos tienen la posibilidad de volver a sus casas a recibir el regaño de papás o pasar un tiempo en uno de los 22 centros de rehabilitación, recibiendo el cuidado de personas que a punta de buena voluntad tratan de controlar el instinto de supervivencia de estas fieras que se alborotan simplemente con la mirada.

Aquello de "juventud, divino tesoro" termina siendo un sofisma de distracción.

Los pillos grandes, esos capos y narcos, son los que mejor entienden esa falacia.

Claro, para ellos es delicioso ver a estos jóvenes engomados con la maldad. Como en las divisiones inferiores de un equipo de fútbol, tienen una cantera a la mano para seguir burlando la ley. La ecuación es sencilla: pelaos malosos + billete sabroso + Estado maniatado = pillo fijo para la vuelta que se necesite.

Así es, y el mejor ejemplo está en Pescadito, un pequeño demonio cultivado en nuestra divina Colombia.