HISTÓRICO
¡Pobre Partido Conservador!
  • Alberto Velásquez M. | Alberto Velásquez M.
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Alberto Velásquez M. | Publicado el 25 de octubre de 2011

Si el Polo se va quedando sin espacio para ejercer plenamente su papel de partido de oposición, en el conservatismo sí que se agota el tiempo para volver a ser cabeza de gobierno, dentro de las alternancias, propias de todo juego democrático.

La situación del Partido Conservador es lamentable. Está sumido en una guerra intestina animada por sus jerarquías. Estas se pasan cuentas de cobro sin cancelación alguna. Carece de propósitos nacionales para unificar las diversas corrientes de opinión que se mueven en su interior, para alcanzar metas que reivindiquen su actual postración electoral. El agravio es el factor común que lo disocia.

El expresidente Pastrana insulta a José Darío Salazar, cabeza de la dirección nacional azul. Lo sindica de "cambiar las banderas por sábanas de motel", aludiendo a los lupanares que este habría conseguido a través de la Dirección de Estupefacientes para su explotación por parientes cercanos. Considera el hijo del doctor Misael que la dirección del conservatismo está en manos ilegítimas y su estructura corrompida. Vaticina que "la corrupción lo llevará a una gran derrota". Presagia el desastre.

Salazar no se queda mudo. Acusa a Pastrana de no haber podido el conservatismo levantar las banderas azules por el desastre del Caguán. Lo sindica de haber conducido al partido en su cuatrienio al desastre.

En ese ambiente de pugnacidad se mueve una colectividad disminuida como el conservatismo. Es un partido peregrino. Vive a la caza de a quién pegarse para que le suministren aire burocrático. En Bogotá, su candidato a la alcaldía tuvo que retirarse por falta de clientela y dirección. Desde hace años su logo está ausente del tarjetón. En Medellín, no aparece candidato azul alguno, cuando desde aquí esa colectividad marcó pautas en los grandes procesos de definiciones nacionales. Tuvo que encaramarse en las diferentes opciones que plantean partidos ajenos a su ideología.

En las grandes capitales ocurre algo similar. Su ausencia como alternativa de gobiernos locales es un hecho. Ni un milagro podría salvarlo de la debacle que se prevé para el resto de ciudades importantes del país. Se quedó petrificado en su vocación rural. Es un partido de cosecha ajena, no de siembra propia.

La mala dirección que lleva el conservatismo desde hace buen tiempo ha contribuido a su anemia electoral. Hoy tan solo el 8% de los encuestados en toda la nación confiesan ser conservadores. Cifra irrisoria que lo condena a no tener por mucho tiempo en la galería de los presidentes, rostros salidos de su propia cosecha. Carece de claridad ideológica. Se conforma con actuar como protagonista de relleno en el escenario de la emulación electoral. No se contenta con adquirir el billete entero sino en comprar fracciones. En vez de vivir a plenitud la democracia, prefiere vegetar por cuotas.

El conservatismo está contento con los puestos que le dio Santos en el gabinete. Satisfecho con las precarias coaliciones que ha hecho para estas elecciones, con el fin de obtener alguna burocracia al detal. Carece de ganas, de tesis, de hombres para volverse a constituir en alternativa real de poder.

Hace 54 años, el general Rojas Pinilla -sacado a empellones por el Frente Civil, movimiento que afortunadamente frustró su reelección presidencial- en el momento en que se despedía de sus subalternos, abrazado a su amigo el periodista Alberto Acosta, le confesaba, con melancolía inocultable, que lo que sentía con más dolor en esos momentos, era la suerte del conservatismo. ¡Pobre Partido Conservador! habría dicho el dictador, despojado de sus charreteras. Con el tiempo sus palabras resultaron proféticas. Hoy consagran sus palabras, los pugilatos entre sus "jefes" y la ausencia de sus candidatos en las mejores alcaldías del país.