HISTÓRICO
¿POR QUÉ NO LES APOSTAMOS A LOS TLC?
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Por JOSÉ FÉLIX LAFAURIE | Publicado el 10 de noviembre de 2012

El TLC con la Unión Europea entró en la recta final.

Su ratificación en el Congreso dará el banderazo inicial a una dura competencia para el sector ganadero con gigantes mundiales y abrirá un escenario de mayores incertidumbres y quiebras para la población más vulnerable de la ruralidad.

No me cansaré de señalar las amenazas para la mediana y pequeña ganadería, no sólo del TLC con Europa sino de la combinación de este con los ya negociados -Mercosur y EE. UU.-.

Lo peor es que nada hace pensar que los renglones favorecidos permitirán a los ganaderos hacer valer sus poderosas razones ante el Legislativo.

No obstante, hace más de dos años radicamos ante el Congreso un extenso diagnóstico con la advertencia de no acompañar la aprobación de la Ley ratificatoria si persistían las condiciones actuales.

Las asimetrías siguen siendo notables y cambiarán la estructura productiva, tal y como ocurrió en México, en donde 2 de cada 3 ganaderos desaparecieron con la vigencia del Nafta.

En Colombia será peor por las precarias condiciones de desarrollo intrarregional y la falta de infraestructura para la producción, en especial para los 244 mil ganaderos que tienen menos de 10 animales, entre los que campea la miseria y el hambre o de los 403 mil que poseen menos de 50 reses y cargan con las trampas y las estrecheces de la pobreza.

Desafortunadamente, las advertencias que el gremio ha reiterado cada vez que ha sido necesario volver sobre estos temas, no han tenido eco ni consecuencia alguna. Poco o nada se ha avanzado y el camino es duro y exigente.

Veamos algunas de las más notables diferencias para comprender mejor el tamaño del desafío:

La tasa de natalidad bovina en EE. UU. o en UE es del 85 %, mientras que en Colombia es de 53 %. Esta distancia les permite tener tasas de extracción promedio de 35,7 %, que en Colombia no pasa de 17,7 %. Estados Unidos dispone de 9,1 millones de vacas lecheras, 1,7 millones más que en Colombia, pero produce 14 veces más leche.

Para no hablar de la UE que tiene 23,5 millones de vacas -casi el equivalente al total del inventario bovino nacional- y produce 134 mil millones de litros al año, mientras que nosotros apenas acopiamos 6.400 millones.

La alimentación bovina en Europa o EE. UU. está soportada en pastos y granos forrajeros -especialmente maíz, que producen con enormes incentivos estatales- y sistemas de confinamiento y corrales de engorde, que favorecen ganancias de peso diario por animal de hasta 1,6 kilogramos.

Este indicador en Colombia no pasa en promedio de 380 gramos. Ello explica por qué en Estados Unidos un animal alcanza un peso para el sacrificio de 600 kilos en 24 meses, mientras que nosotros necesitamos 42 meses para que lleguen a 457 kilos.

Los concentrados y sales mineralizadas representan cerca del 50 % de los costos de producción de leche en Colombia, con precios que superan sustancialmente los que pagan sus competidores.

Igual ocurre con las drogas veterinarias que cuestan más del doble. Pero hay más. En Colombia los recursos que llegan a la ruralidad -crediticios, fiscales o de inversión extranjera- son escasos, en esas economías el Estado sostiene los programas de certificación sanitarios y en muchas temporadas subsidia a los ganaderos por no producir. De hecho, reciben más subsidios por vaca, que el valor comercial de un bovino en Colombia.

En Europa y EE. UU. todos los productores son profesionales en ramas afines con la ganadería y cuentan con el respaldo de las principales universidades en programas de extensión, inversión, capacitación en buenas prácticas y tecnologías. En Colombia sólo el 1,6 % de los profesionales que se graduaron en la última década, lo hicieron en programas agropecuarios y de ellos apenas 4.800 trabajan en el sector.

Alguien podría decir que los ganaderos no hicimos la tarea, pero han sido 50 años de violencia, sin vías, sin mercados y sin institucionalidad agropecuaria. Así es imposible.

Ahora el problema no es sólo de reconversión productiva, lo es también social.

Son 400 mil campesinos que quedarán al límite de su capacidad y de sus ingresos. Ignorarlos, es ignorar la suerte del país que, paulatinamente, sentirá el peso del drama de los excluidos del aperturismo comercial.