HISTÓRICO
PROGRESO Y SOBERBIA EN CARONDELET
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    PROGRESO Y SOBERBIA EN CARONDELET |
Por DAVID E. SANTOS GÓMEZ | Publicado el 18 de febrero de 2013

El triunfo de Rafael Correa en las presidenciales de Ecuador no sorprendió a nadie. Ni a él, ni a sus seguidores, ni mucho menos a sus contrincantes, un grupito mal organizado de políticos sin oficio, divididos en su intención de poder y únicamente aglutinados bajo la consigna de la oposición.

Que la única bandera de campaña opositora fuera, precisamente, ser todo lo inverso al mandatario reelecto convirtió a Ecuador en una nación sin debate programático, centrado en los ataques personales y sin argumentos, que le adoquinaron a Correa el camino de regreso hacia Carondelet.

El Ecuador de hoy es sin duda otro al que recibió en 2007 este economista graduado en las mejores universidades de Estados Unidos y Bélgica. En buena medida los beneficios de un petróleo a buen precio y la estabilidad de una economía dolarizada, le permitieron a este convencido del socialismo del siglo XXI mostrar credenciales suficientes para ganarse una segunda revalidación de su presidencia.

Correa tiene logros inocultables. En la infraestructura vial, subsidios a los estratos menos favorecidos y un aumento en los empleos, una mayoría aplastante de los vecinos no tiene queja. Igual, o quizá más importante que esto, es la estabilidad política que el hombre de izquierda le ha dado a la nación, luego de una década de sucesivos presidentes que no fueron capaces de terminar siquiera su mandato.

Hasta aquí, un paraíso. Pero la verdad es que tras los logros se esconde un hombre radical e intolerante. El País de España se atreve a calificarlo como "el alumno aventajado de Chávez", por su forma autoritaria de callar al que piensa distinto y amordazar a los medios que no siguen su concepto de información. Amenazas respaldadas por una justicia que le obedece.

Su personalidad ha salido a flote en más de una ocasión. Grita para hacerse escuchar y, aunque posee argumentos para su defensa, muchas veces cede a la inseguridad del insulto para amplificar su pensamiento. Es un político violento, arrabalero, agresivo y desconfiado.

En su camino caen por igual amigos que le dicen a la cara sus errores o viejos enemigos a los que responde con un odio visceral lejos del aplomo del estadista.

Como si fuese poco, el daño que les ha inyectado Correa a las instituciones ecuatorianas creó una herida que tardará años o quizá décadas en sanar y la forma de acumular poder, tan característica de nuestros caudillos latinoamericanos, ha dejado al Ecuador con su sistema de pesos y contrapesos por el suelo.

Pero frente a la incompetencia de antes, los ecuatorianos han preferido revalidar el progreso unido a la soberbia y el autoritarismo. Los efectos negativos saltarán a la vista quizá en la generación venidera. Pero no importa, Correa ha dicho que al otro día de dejar el poder (quién sabe cuándo) regresará a vivir a Bélgica.