HISTÓRICO
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Por RAFAEL NIETO LOAIZA | Publicado el 27 de abril de 2013

Es más de lo mismo, lo sé, pero no deja de sorprender por ser quien es.

Sí, hemos dicho antes que el Presidente se echa para atrás cuando lo aprietan. Recula, dirá alguno, para usar esa palabreja, tan descriptiva.

Lo hizo con la primera propuesta de reforma pensional y el bloqueo de transportadores, con la reforma a la educación y la de la justicia, y hace apenas unas semanas con el paro de los cafeteros.

Y la lista podría seguir. El etcétera es largo.

Dice una cosa, reacciona un sector, le muestran los dientes y se desdice sin siquiera ruborizarse.

Puede ser que su temperamento lo inclina a intentar quedar bien con todos, tarea imposible cuando se gobierna.

Tal vez sea que su formación como periodista lo lleva a valorar en exceso a la opinión pública y, en consecuencia, tiende a gobernar con las encuestas en la mano, fatal en un país que, como pocos, necesita dirección y mando y un liderazgo diáfano.

O quizás sea que la ambición de la reelección lo mueve a evitar el conflicto y a tratar de satisfacer a tirios y troyanos para conseguir su apoyo y su voto o, al menos, evitar su animadversión.

Acaso haya algo de todo, porque suele suceder que los males vienen en compañía, como las desgracias que acompañaron a Hamlet.

Pero en el último episodio, sin duda, fue la reelección lo que pesó más que cualquier cosa. Lo fue porque la propuesta se hizo en el marco de una reunión política por antonomasia, como el encuentro de alcaldes.

Porque fue resultado de la presión que pusieron los burgomaestres al proponer la ampliación de su propio período; porque quería tranquilizarlos después de la rechifla que recibieron su ministro de Vivienda y él mismo y porque no quería volver a oírlos vivar a Uribe.

Porque, como fuera, buscaba su apoyo con miras a su reelección.

Fue ahí cuando propuso eliminar la reelección inmediata y extender el período presidencial y el de los alcaldes a seis años.

Y sí, la verdad es que Santos tiene razón en que la reelección ha resultado inconveniente para el país.

Por varias razones, aunque quizás la más importante sea que hay gobernantes que tienden a dejar de hacer lo que tienen que hacer por miedo a perder el apoyo de algún grupo de la población. El ejemplo más claro es él mismo, por supuesto, con su larga serie de retractaciones.

Pero en todo lo demás se equivocó. Empezando por el hecho mismo de que al desdecirse consiguió que hoy los alcaldes estén aún más molestos que antes, porque a las quejas que ya tenían se suma la sensación de que el Presidente les echó un cuentazo y los dejó colgados de la brocha.

Pero también porque no es buena idea que los períodos sean de seis años, una eternidad cuando un gobernante es malo, como por ejemplo ha resultado el de Bogotá.

Porque tampoco es sana la propuesta de hacer coincidir el período de elecciones presidenciales con el de los alcaldes, exactamente lo contrario a lo que se buscó en la Constitución del 91 al independizar ambas elecciones.

Porque al proponer que el próximo período sea de dos años, para que a él le tocaran seis, castigaba a la oposición, a la que le hacía casi imposible conseguir un candidato dispuesto a semejante contienda con la perspectiva de gobernar solo 24 meses y sin posibilidad de reelegirse.

Y porque, como se pudo comprobar, todas esas reflexiones llevaron a que muchos pensaran que lo que en verdad quería era la ampliación de su período por dos años, sin elección, lo que es claramente inconstitucional y antidemocrático y, para rematar, había sido propuesto antes por doña Teodora, ahora convertida también en mejor amiga.

Y si faltaba algo, daba el mensaje a las Farc de que no había prisa, porque ahí estaban dos años más disponibles para cerrar el proceso. Es decir, la propuesta fue un desastre.

¿Improvisó el Presidente? Quizás, lo que no deja de ser lamentable por la gravedad del asunto. Pero si no estamos seguros de que improvisó, de lo que sí no hay duda es de que, otra vez, reculó.