HISTÓRICO
SE ASFIXIÓ
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Por ÓSCAR TULIO LIZCANO | Publicado el 27 de abril de 2013

"Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo…". En El viaje del Parnaso, Cervantes escribió esas palabras. Las traigo a colación para hablar de las vacilantes actitudes del presidente colombiano. El mandatario debe sentir por estos días una tremenda amargura.

Santos se preparó para ser un estadista. Y lo es, pues lo ha demostrado tras su paso por los importantes cargos que ha ocupado. Es, tal vez, uno de los pocos colombianos con gran preparación en el manejo del Estado. Pero su reciente amargura debe ser por su incapacidad para lograr el populismo que sí han alcanzado otros mandatarios latinoamericanos. Esa "gracia que no le quiso dar el cielo" y que, en cambio, le dio a personajes como Perón o Chávez.

Los colombianos lo elegimos confiados en que era un estadista serio, libre de demagogia. Ahora nos sorprende verlo patinar en el lodo de sus propios intereses, cuando sabemos que ese no es su talante. Está cayendo en la trampa del populismo. Esta vez lo hizo con la propuesta de cambio en el periodo presidencial y la reelección de alcaldes y gobernadores. Poco tiempo después, dio reversa. Y esa opción se le está haciendo recurrente: lo hizo con las reformas a la educación y la justicia, y también con los paros de camioneros y cafeteros.

En Cartagena, en un acto de desesperado populismo, lanzó la propuesta de reelección con el ánimo de calmar las molestias de los alcaldes que se encontraban allí reunidos; propuso el desmonte de algunos de los controles para acceder a las regalías; les prometió atractivas bonificaciones salariales; y, justo después, anunció su reelección. Los alcaldes, por supuesto, lo aplaudieron llenos de júbilo.

La sorpresa fue mayor cuando, al poco tiempo, negó su propuesta. El hecho dejó un sabor amargo en los colombianos.

¿Dónde están los asesores que en vez de guardarle la espalda le hacen "meter la pata"?

Ya la Corte Constitucional frenó el intento de alcaldes y gobernadores de extender su periodo y correr las elecciones por unos años más.

Valga decir que esos movimientos de Santos pueden responder a otra preocupación que lo está mortificando: el tiempo para hacer la paz se agota. Faltan por tomar trascendentales decisiones que tienen que ver con si las Farc entregarán las armas, si participarán en política, cómo serán juzgados sus combatientes y, entre muchas otras cuestiones, si entregarán sus rutas de narcotráfico.

Esas complejas ecuaciones podrían resolverse en los dos años adicionales de los que el mandatario habló. Así que con la sonada propuesta dio una clara señal: el único que puede garantizar en el tiempo el proceso de paz es él y solamente él.

A pesar de eso le hizo un guiño a Vargas Lleras, quien tendría que esperar dos años para calmar su enfermiza ambición presidencial. Lo cierto es que tanto la permanencia en el poder de Santos, como la aspiración de Vargas Lleras, dependen de los resultados del proceso de paz. Allí, el tiempo juega como local y ellos dos son visitantes. En tanto, el mandatario continúa buscando esa gracia que viene del cielo para convocar el respaldo de los colombianos.