HISTÓRICO
SOBERBIA
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Por ANA CRISTINA RESTREPO J. | Publicado el 26 de febrero de 2013

Mi querida ciudad:

Recuerdo de mis días de estudiante aquel jingle famoso: "El lugar donde nací y con mis amigos crecí…". ¡Nos aguaba los ojos…

En aquel entonces hice una práctica laboral en la Fundación Amor por Medellín. Una mañana, entró una llamada. "Mande a que limpien mi cuadra -imprecó una voz-; está llena de mariguaneros".

Quedé muda. La secretaria me explicó que en la ciudad operaba un escuadrón de la muerte con el mismo nombre de la fundación ("Amor por Medellín"): de ahí las insólitas llamadas.

¿Por qué te cuento la anécdota? Porque ese día, por primera vez, te dejé de querer, Medellín.

Ahora escribo estas líneas desde tu corazón. El centro.

Qué difícil es quererte al recorrer tu espacio público, invadido por vendedores ambulantes que entorpecen la circulación y aturden con su perifoneo. ¿Acaso el derecho al trabajo tiene que vulnerar otros derechos colectivos? ¿Dónde está tu Estado mediador?

Son las 3:00 p. m., y, por el separador de la Avenida Oriental, cuento ocho personas hambrientas, tiradas sobre el pavimento; otras dos, en el borde del puente.

En tus calles he sido testigo y padecido lo mismo que muchas personas en distintos lugares del mundo: insultos, atracos, extorsiones, agresiones físicas. Intolerancia. Mas no te engañés: esos dolores de crecimiento de ciudad podrían ser aliviados (o, por lo menos, mejor tratados).

¿Dónde está tu inversión social?

Tu planeación urbana, acelerada y desorganizada, te ha convertido en una temible arboricida. Si te las vas a dar de "gran ciudad", entendé la importancia de tener parques para caminar, jugar, respirar. Para departir en comunidad.

Lo que no soy capaz de perdonarte, Medellín, es que te acostés a dormir, impasible, mientras tus niños son reclutados y maltratados. Brutalmente asesinados.

¡Ah…, pero eso sí, cuando te mirás al espejo sólo ves un Metro y una Milla de Oro. Y nos imponés altísimos impuestos como precio de tu vanidad.

¿Sabés qué, Medellín? Te regodeás en tu pecado capital. Te entregás al adulador. Te sabés hermosa, aunque enferma. Y te maquillás para disimular el tumor que te carcome por dentro.

Los Andes te moldearon así, guapa e imponente. Pariste a León de Greiff y a Teresita Gómez, y fuiste el hogar de José Manuel Arango y Francisco Antonio Cano … ¡Pero insistís en ser el altar de Pablo Escobar…

Entendé que si permanezco, tozuda, sobre tu tierra, no es porque esté enraizada como los inmensos guayacanes que tienden tapetes amarillos en tus aceras, sino porque en mí se perpetúa el espíritu de mis abuelos que te avizoraron desde la montaña como una promesa.

Hoy mi razón te desprecia, pero con las entrañas aún te sigo queriendo.

Y por eso -también- te defiendo.