HISTÓRICO
SOBRE MALÍ
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Por JOSÉ GUILLERMO ÁNGEL | Publicado el 18 de enero de 2013

Estación Bowles, en nombre del escritor norteamericano Paul Bowles, autor de la novela El cielo protector, cuyo argumento se da en el mundo subsahariano y que tiene que ver con Malí y los tuaregs, esos hombres azules cubiertos de telas pesadas color índigo que respiran por la boca para poderse refrigerar y resistir los calores del día y los fríos de la noche en el desierto.

Malí, que hizo parte del Sudán francés (en los días de los imperios coloniales), se convierte luego (supongo que después de la independencia, que como en todos los países africanos llevó al caos) en el séptimo país más grande de África y en los arenales inmensos que acredita tiene oro, uranio y sal, elemento este último con el que se sigue comerciando igual que en la Edad Media.

E igual que por los días de Mahoma, las caravanas van de un sitio a otro. Algo romántico para los turistas, pero terrible para los malíes, hombres y mujeres que hablan bámbara y algo de francés.

En el siglo XIV, según Felipe Fernández Armesto (el historiador inglés con nombres españoles), el rey de Malí, demasiado rico en oro, se convirtió en uno de los 3 reyes magos de la representación de Navidad.

En algunas versiones remplazó a Melchor y en otras a Baltasar. El hecho es que el oro hizo famoso a este hombre negro y después desgraciado a consecuencia de los aventureros que fueron a saquear ese país que fue de nadie, luego de Francia y después un sitio al desgaire, como bien lo narra Jean Larteguy en Los reyes mendigos.

O como se ve en la película de Bernardo Bertolucci, en la que un Bowles viejo hace de narrador mientras un gringo se muere de peste en un fuerte de la Legión extranjera y su mujer va a dar a un poblado tuareg, que es lindo e infernal.

Malí, entonces, no es un país extraño en la geografía de las aventuras y del islam (son suníes). Sus hombres son de pies grandes y sus mujeres de vientre combado y pelo corto. Alguna vez conocí a un maliense en un tren que iba de París a Madrid.

Se le notaba contento y quería mostrarles España a sus sobrinos, que vivían en el banlieu (suburbio) parisino, donde se aglomeran inmigrantes y outsiders.

Y parte de su alegría era que a medida que el tren avanzaba dejaba a Malí atrás, con sus calores y sus hambres, con las luchas internas por el poder y con la enorme corrupción que había hecho de él (un arquitecto en su país) un campesino en alguna finca (cortijo, masía) española. Huía el hombre de las guerras por nada, de la ignorancia, de su falta de patria.

Acotación: en el mundo de Sahara (que debe pronunciarse sàjara y quiere decir desierto) las guerras han sido tribales. No sé por qué las queremos ver como guerras religiosas cuando lo cierto es que son guerras de interés económico. Y más hoy en día, cuando se saquea lo último que queda y ya no se sabe para dónde vamos.