HISTÓRICO
Sylvain y Elisabet: “Medellín, nuestra segunda casa”
  • Sylvain y Elisabet: "Medellín, nuestra segunda casa" | Frecuentan el entorno del Jardín Botánico, pero igual les gusta recorrer la parte céntrica y antigua de la ciudad. FOTO MANUELA PALACIO
    Sylvain y Elisabet: "Medellín, nuestra segunda casa" | Frecuentan el entorno del Jardín Botánico, pero igual les gusta recorrer la parte céntrica y antigua de la ciudad. FOTO MANUELA PALACIO
Por LEÓN J. SALDARRIAGA L. | Publicado el 30 de marzo de 2013

La calidez y la hospitalidad de Olga Inés Arango, una paisa que conoció hace siete años, tal vez es la razón más poderosa para que el francés Sylvain Schultz eligiera a Medellín como su segundo hogar.

Esa manera sincera de acoger al visitante, que se repitió en otros paisas, conjugada con el verdor de las montañas, los paisajes, la música, la comida y aún la alegría que se irradia en los barrios pobres, cautivaron para siempre al Europeo.

Todo empezó cuando un amigo colombiano, Rubiel, lo invitó a pasar una Navidad en Pereira, y un viaje de cuatro días lo extendió a tres semanas por el eje cafetero, Cartagena, Bogotá, Medellín. "Me enamoré de Colombia, de su gente", dice.

Se fue, pero el regreso sólo tardó tres meses, acompañado por su esposa, la sueca Elisabet Akerberg, y se hospedaron donde Olga Inés, amiga de Rubiel, quien les aumentó el amor por esta tierra.

En estos siete años han traído amigos franceses y familiares que "al principio creían que estábamos locos".

Su "locura" se acentuó con un apartamento que compraron en un edificio pequeño en El Poblado, en el que pasan de tres a cuatro meses al año.

¿Pero qué encuentran aquí que en Francia no? Cuenta que hace 50 años las relaciones eran de mayor fraternidad entre la gente, pero eso cambió. "Aquí encontré eso, más fraternidad. En Europa la alegría disminuyó y cada vez más reglas y reglas".

Sylvain y Elisabet han observado un cambio grande en Medellín en los últimos cinco años, al punto que -dicen- los extranjeros se han multiplicado por 200 o 300 sólo en El Poblado.

¿Y qué los convoca? "Para nosotros es una segunda casa. Es un lugar hermoso, vamos a todas partes: el Jardín Botánico, el Centro, La Mayorista, La Minorista, la Placita de Florez, los cables a Arví y Occidente, también salimos a pueblos".

Su espíritu aventurero los ha llevado al Amazonas, al Cañón del Chicamocha, a la zona cafetera, a Capurganá y, en lo posible, la mayor parte de los recorridos en bus para conocer mejor la gente y la geografía. "El objetivo no es llegar, sino el viaje mismo".

Una experiencia reciente la tuvieron en el golfo de Urabá con el mar picado y olas de más de tres metros que amenazaron con romper la lancha. "Fue una epopeya, una locura total, pero Capurganá vale la pena".

Los adjetivos de la pareja se agotan para describir su viaje a Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Caminaron cinco días por un terreno ondulante, con mucho lodo y pendientes por más de dos horas. "Es espectacular, la naturaleza allí es increible", evocan.

Sylvain, flaco, expresivo, con 65 años que no revela por su buen estado físico, fue director comercial de una empresa de alta tecnología y Elisabet tiene una escuela de baile en Suecia.

El entorno de amigos de la pareja franco-sueca es de colombianos, con quienes disfrutan frijoles y chicharrón, sancocho cocinado en leña o de visitar museos y anticuarias y hacer deporte. Solos o con ellos, van a bailar salsa a Son Habana o tango a Manrique.

En su apartamento, estilo loft, escuchan salsa, estudian español y revisan el mapa de carreteras de Colombia para preparar su próxima aventura, antes de regresar a Niza, Francia, a mediados de abril, donde Sylvain tiene un negocio de publicidad.

Hay algo que empieza a preocupar a la pareja franco-sueca del país: se está copiando el mismo de modelo de consumo de Europa y Estados Unidos "y es un error".

Aquí -dicen- hay muchos recursos culturales y ambientales y riqueza musical. "Lo sentimos en la calle, en los buses y en los taxis. Eso es un tesoro, una manera de unirlos a todos".

Y en Medellín no ven útil que se dañe la arquitectura horizontal en los barrios populares por torres de apartamentos porque pierden su integración y alegría.

Con todo, aseguran que "aquí ya nos sentimos como de la familia".