HISTÓRICO
Tan solo palabras
  • Samuel Arango M. | Samuel Arango M.
    Samuel Arango M. | Samuel Arango M.
Samuel Arango M. | Publicado el 24 de octubre de 2010

No creo en las palabras de casi nadie. Están vacías, engañan. Dicen bellezas y hacen atrocidades. Hablan de paz mientras echan balas. Gritan decencia mientras se corrompen, se untan. Palabras que son capaces de añorar a los antepasados y pisotear a los presentes. Palabras que no se cumplen, que están vacías, que sólo suenan pero que no realizan nada. Palabras huecas como los corazones, como las cabezas. La palabra falsa se tomó la ciudad y el campo. Se dice sí cuando se quiere decir no. Se dice no cuando se quiere decir sí.

Pobre palabra en la que ya nadie puede creer porque la prostituyeron, la oxidaron, la masticaron sin compasión.

Escribir, hoy en día, es un ejercicio de hipocresía. No se puede decir la verdad porque lo matan. Lo único que vale es la mentira. O las palabras huecas. O escribir entre líneas para que sólo entienda quien escribe. O hay que darle espacio abierto y amplio a la estupidez.

Hay días en los que nada provoca escribir, porque no tiene sentido. La gran comedia del mundo está escrita y nos hemos aprendido el texto de memoria. No es la divina comedia, es la maldita.

Cantinflean los poderosos, cantinflean los humildes, los padres, los hijos, los sacerdotes, los gobernantes, los desempleados, los que ríen y los que lloran.

La peste de la habladuría invadió todos los rincones del planeta. La verdad y la mentira se confundieron en un macabro abrazo de destrucción y muerte.

Triunfa el que más hable, el que más palabras sin sentido pronuncie.

Este planeta y sus alrededores son un pegote de letras. La palabra se paró sobre todos los hombres y los estripó sin compasión.

Y lo grave es que los que escribimos tenemos como profesión la palabra, pero cuando ésta pierde sentido, nosotros también lo perdemos. ¿Para qué escribimos? ¿Para continuar atosigando al mundo? ¿Para continuar alimentando la hoguera que nos ha de consumir?

¡Pobre palabra, cómo te hemos pisoteado!

Ahora se entiende el mensaje eterno de los sepulcros blanqueados que por dentro son podredumbre y mortecina y que por fuera se visten de cocteles, de fiestas y de risas estridentes, de caridad sin justicia, de corrupción, de mentira inmisericorde.

Parados los unos sobre los otros gritamos nuestras obras de caridad que tapan las obras de injusticia. El ser humano es sólo palabra.

Y para saber que al principio era solo el Verbo y cuando se hizo carne lo crucificaron, como lo hacemos ahora con los desaparecidos, los asesinados, los secuestrados, los desplazados, los torturados, los despreciados.

Estamos con las palabras hasta el cuello y nos estamos ahogando como con un cordón umbilical.

Los delincuentes hablan y les creen, los justos hablan y los acusan o los satirizan.

Hoy en día la palabra no es una bella expresión del interior del hombre, es un arma más letal y dañina que un bombardeo. Hay días en los que las palabras no sirven ni siquiera para maldecir las palabras, como hoy.

Hasta que encontremos en la práctica, no se sabe cuándo, la única palabra que nos sacará del pozo nauseabundo de las palabras.