HISTÓRICO
TIRANOS
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Por HUMBERTO MONTERO | Publicado el 17 de diciembre de 2012

Lo peor que tienen los dictadores es que son incapaces de encontrar sucesores de su talla. En el siglo VI antes de Cristo, Pisístrato gobernó con mano de hierro la Ática en tres mandatos alternos obtenidos por la fuerza. Su régimen engrandeció Atenas, ciudad que embelleció con los templos de Zeus y Apolo. A su muerte, entregó el testigo a sus hijos y Hipías e Hiparco, dos zotes de tomo y lomo que lograron encabronar a todo el mundo imponiendo el terror más absoluto. Tanto, como para que el pueblo ateniense se rebelará contra Hipías, convertido ya en tirano único tras el asesinato de Hiparco por un lío de braguetas, lo derrocara e impusiera la democracia. Hipías acabó el pobre refugiado en la corte persa de Darío I, su archienemigo. El propio Darío I el Grande logró el mayor apogeo del Imperio Persa, pero dejó como sucesor a su hijo Jerjes, coronado saltándose a todos sus hermanastros mayores. Jerjes no sólo perdió la influencia persa en Grecia, tras palmar la Segunda Guerra Médica, sino que dejó el imperio sumido en la apatía más absoluta.

La lista es interminable y no pretendo aburrirles en exceso. Para terminar, antes de entrar en harina, mencionaré aquí los sucesivos relevos en Corea del Norte. Kim Il-Sung, el patriarca de la saga de tiranos, el Gran Líder, tiene en su haber ser el único mortal investido Presidente Eterno pese a llevar criando malvas desde 1972. Su heredero, Kim Jong-il, un depravado violador en masa capaz de dejar que su pueblo muriera de hambre mientras él se fundía los escasos recursos del país en desarrollar un programa nuclear, es aún un semidios comparado con su hijo y nuevo tirano: el rechoncho e impredecible Kim Jong-un.

El proverbial ego de los tiranos es tal que son incapaces de elegir un sucesor que no los haga buenos. Vean sino el ejemplo de Cuba, regida por un vejete sin carisma alguno al que no habría seguido ni su madre por las montañas de la Sierra Maestra. De ser por él, los herederos de Batista seguirían haciendo y deshaciendo a su antojo en la isla. No me cabe duda.

Ahora, otro tirano de manual, el histriónico Hugo Chávez, ha designado un delfín por si algo le pasara. No podía haber elegido peor o mejor, según se mire, si lo que desea es engrandecer su figura en los libros de historia.

El meteórico ascenso de Nicolás Maduro de conductor de autobús a futuro presidente de Venezuela sólo se explica por su ciega fidelidad a Chávez, por la que pagó dos años de cárcel tras el fallido golpe de Estado que dio en 1992 el por entonces teniente coronel "carapintada". Su escasa formación intelectual -a la altura de su mentor- es equiparable al tono monocorde que gasta en sus arengas.

Conocí a Maduro en julio de 2009, durante una visita fugaz a Caracas del por entonces ministro de Exteriores español, el inefable Moratinos. Puedo decirles que jamás nadie me aburrió tanto como él. Su perorata inconexa, trufada de lugares comunes del «chavismo», me hizo bostezar en más de una ocasión después de una hora entera sin cesar de parlotear todas las sandeces que ha ido construyendo un régimen mentiroso.

Saqué la conclusión, tras conocer a varios tiranos por el mundo, de que Chávez lo elegiría a él por encima de todos. Por fin se alumbra una salida en Venezuela. Porque, muerto Chávez, muerto el "chavismo", más aún con Maduro en el trono de Miraflores. De su nombramiento, no sólo se alegra la oposición venezolana sino el hermanísimo Raúl Castro. Ya tiene otro triste con quien tratar.