HISTÓRICO
TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR
  • TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR |
    TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR |
Por CALIXTO (1931-2009)* | Publicado el 10 de noviembre de 2012

Domingo 2 del tiempo ordinario.

"Jesús les dijo: Todos han echado de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir". San Marcos, cap. 12.

El que poco tiene se siente, al escuchar este pasaje de Marcos, reconfortado y acogido. A quienes poseemos nos enternece la historia de la viuda: ¡Qué desprendimiento… O bien nos asalta alguna sombra de remordimiento: quizás debiéramos dar más. La próxima vez, si la sombra persiste, aumentamos un poco la limosna en el templo.

Como buenos hijos de la época, interpretamos el Evangelio desde una perspectiva económica. Como si la ofrenda de la viuda sólo hubiera sido cuestión de dinero: cuánto y en qué porcentaje.

Pero Jesús se refiere más a la persona, a lo que tenía para vivir. Y esto abarca desde la salud hasta el amor, pasando por el tiempo, las habilidades, los talentos, el acceso a las decisiones, las oportunidades, las palabras y los sentimientos.

¿Cuánto de esto hemos entregado a la entrada del templo? Somos los expertos del "No puedo", "No tengo tiempo", "Lo necesito", "Lo trabajé", "Dios me lo dio para vivir".

Por otro lado, callados, desapercibidos, insignificantes, están los que lo ofrecen todo.

La joven que por cuidar de unos padres enfermos, renuncia a la maternidad.

El agente de policía que da la vida protegiéndonos, sin tener en cuenta nuestra altivez, terminando su historia en unas cuantas líneas de una reseña judicial.

La religiosa que entrega su tiempo para servir a los enfermos en un hospital pobre, o anunciando al Señor entre las incomodidades de la selva. El muchacho que vemos a través de la lluvia, tratando de hacernos más viable el lodazal de nuestras carreteras.

El empleado anónimo que sostiene una familia numerosa y elabora la infraestructura de lo que, más tarde, será el prestigio de un gerente. El joven sacerdote, perdido e incomunicado en alguna parroquia de la montaña, sin nadie con quien hablar en su propio idioma.

La trabajadora de planta, sumida veinte o treinta años en tareas que no figuran en el organigrama de la empresa. El campesino que se gasta por los suyos, sin cálculos ni consideraciones, y yace después olvidado en algún cementerio pueblerino.

Todos aquellos que lo han compartido todo, mientras nosotros damos, a veces a regañadientes, de lo que nos sobra. Ellos son los donantes anónimos que, como la viuda, no tienen público. Sólo Dios los contempla.

(Pub. 7 de noviembre de 1982)