HISTÓRICO
Todo Santa Rosa clamó justicia al despedir a sus 10 labriegos
  • Todo Santa Rosa clamó justicia al despedir a sus 10 labriegos | La iglesia se llenó de familiares y cientos de pobladores que con dolor acompañaron las exequias de los 10 campesinos asesinados. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
    Todo Santa Rosa clamó justicia al despedir a sus 10 labriegos | La iglesia se llenó de familiares y cientos de pobladores que con dolor acompañaron las exequias de los 10 campesinos asesinados. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
POR JAVIER ALEXANDER MACIAS Enviado especial, Santa Rosa de Osos | Publicado el 09 de noviembre de 2012

Las lágrimas que le recorren el rostro a Elda del Socorro Viana son el consuelo para su alma. Se sienta una y otra vez en un banquito de madera, incómodo para su gusto, pero no quiere separarse de los cuatro ataúdes donde reposan su esposo Pomipilio de Jesús Gómez , sus dos sobrinos William Alberto Espinoza Viana y Ferney Viana y su cuñado Soel Alberto Espinoza .

Son cuatro de las 10 personas asesinadas por hombres armados el pasado miércoles en la vereda San Isidro, en Santa Rosa de Osos.

Sus ojos cansados, rojizos, muestran el trasnocho al que la doblegó el dolor, y su voz temblorosa esboza la tristeza que la embarga al saber que en unos cuantos minutos sus cuatro seres amados se llevarán a la tumba más de 20 años de bonitos recuerdos, porque ellos, que madrugaban a trabajar en las fincas tomateras de la región, "solo eran alegría, ternura y amor".

Abrumada, sostiene un pañuelo en su mano en el que ha querido ahogar su llanto, y cuenta que su esposo Pompilio "era muy alegre, siempre era el mismo con todo el mundo, nunca peleaba con nadie". Extrañará esa sonrisa que recibía de él cuando lo esperaba en la estancia de su vivienda, luego de una larga jornada de trabajo.

Elda no está sola. En medio del humo del incienso, que llena la iglesia de un olor a santidad y que da un aura a su palidez, hay otros cinco cajones que guardan otros cinco campesinos víctimas también del infortunio.

Junto a ella, los familiares de los labriegos asesinados y medio pueblo que los acompaña en su dolor. Porque todo Santa Rosa acudió al repicar de las campanas. Todo Santa Rosa lloró a sus labriegos.

Doblaron las campanas
No hubo santarrosano que no rezara en la calle el rosario "por el eterno descanso de los campesinos asesinados". La estrecha vía se llenó de estudiantes, amigos, religiosas, transeúntes y curiosos que con camándula en mano elevaron sus oraciones al cielo.

Entre la multitud estaba Rosa Adela Duque y entre los labriegos muertos su hermano Enrique. Su dolor se centra en preguntarse una y otra vez por qué su hermano se fue a trabajar a esa finca tomatera. ¿Por qué se vino a buscar por acá un mejor futuro? Me duele mucho. Él era una muy buena persona. Nos daba cariñitos y siempre era muy alegre. Ahora ya no lo veremos más".

El recuerdo de Rosa se centra en que Enrique "no se tomaba una cerveza, y los domingos se dedicaba a arreglar su moto". Por eso le duele, porque sabe "lo bella gente que era".

En medio de su dolor inconsolable, Rosa pide a los grupos armados que cesen los actos violentos, "porque ellos se han ensañado con nosotros los pobres y no tenemos nada que ver en esto".

Esa misma petición hace monseñor Alberto Ossa , quien desde el púlpito pide a las autoridades que se haga justiciada porque "da trsiteza cuando hay que sepultar a un monton de hermanos porque se genera una violencia y sentir que son indefensos. No hay palabras para explicar la sevicia y este dolor".

Repartieron los féretros
La caravana, que llevó a cinco de los campesinos asesinados hasta el corregimiento San Isidro, tuvo que ser escoltada por seis motos de la Policía y cuatro del Ejército. Tuvo que hacerlo, so pena de que "los Rastrojos" hicieran efectiva otra de sus amenazas: "si traen los cuerpos por acá les dejamos otro reguero de muertos". Otros tres campesinos fueron sepultados en Santa Rosa de Osos, uno fue enviado a Córdoba y el otro a San Vicente, Oriente antioqueño.

Pero el dolor y el repudio por el asesinato de los labriegos pudo más que el miedo, y en plena vía polvorienta por el calor abrasador, los cerca de 800 habitantes de San Isidro esperaron a sus amigos muertos a la entrada del corregimiento.

A su llegada sonaron los pitos y las cornetas que alborotaron los perros recostados en la acera y toda la gente se aglomeró junto a los carros fúnebres. Los velaron en la casa de la cultura, mientras cada uno de sus amigos pasaba a despedirse. Fue una despedida corta en medio del estupor causado por la tragedia.

Carlos, amigo de Víctor Alfonso Correa , otra víctima, se asomó al ataúd y no pudo contener el llanto. Le dio un adiós silencioso, de amigos y compañeros de trabajo, porque "fuimos como hermanos, sin problemas de nada. Él era muy buena gente, pero ya no hay tranquilidad".

Esa tranquilidad es la que buscan las autoridades. De ahí el mensaje entregado por el coronel José Gerardo Acevedo Ossa , comandante de la Policía de Antioquia, al afirmar que "tenemos un retrato hablado sobre un sujeto. Se está reforzando el área rural en algunas zonas para garantizar la tranquilidad y el retorno de las personas".

Pero ninguna quiere retornar. No por ahora. Temen que sean ellos los que caigan esta vez por las balas, y sus cuerpos sin vida sean encontrados por su familiares entre las plantaciones de tomate. San Isidro ayer estaba solo. En las viviendas reinaba el silencio. Todos fueron a llorar sus muertos y las tomateras se quedaron solas.