HISTÓRICO
UN REPORTERO Y LOS CAMPESINOS
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    UN REPORTERO Y LOS CAMPESINOS |
Por CARLOS ALBERTO GIRALDO | Publicado el 14 de septiembre de 2013

Un reportero es un depositario de la vida de otros. Un siervo que recoge en su libreta de apuntes, cual si fuera una canasta, las experiencias vitales que cosechan los demás.

Hablo del periodista al que no le basta con notificar la realidad desde su escritorio y que siente, todo el tiempo, la necesidad de ir a esculcar en las conciencias, las barrigas y las maletas de gente de la más variada condición. Un andariego que no puede contener cierta compulsión por estar en la calle y la vereda.

A propósito de las recientes marchas y protestas campesinas, tan sentidas y legítimas, recuerdo a una anciana del municipio de Granada, al oriente de Antioquia, que hace veinte años me regalaba la última galleta que le quedaba en la alacena. Cuidaba de dos nietos a los que la violencia dejó sin padres: al papá se lo llevaron los balazos de los paramilitares y a la mamá (su hija) la habían echado a correr, con una niña de meses en los brazos, los tiroteos entre el Ejército y la guerrilla.

Atrás de la casa se descubría tierra fértil. Pastizales enmalezados, sin vacas, y hectáreas sin arado ni siembra. No había comida. Como suele ocurrir en el campo colombiano, de hambre están cargados los graneros, y por surcos ciegos están cruzadas las huertas.

Muy pocos repararon en el mensaje de dura profundidad que nos dieron los labriegos cuando arrojaban sus cebollas contra el pavimento y cuando vaciaban sus cantinas de leche sobre la vía. Recordé a Miguel Hernández, en su poema: "La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda ".

La imagen de aquella anciana y sus niños de ropa raída, dejados a su suerte en una parcela asolada por los combates, ofreciéndome su pan con desprendimiento, y ahora este reguero de campesinos que alza la voz, que inunda las avenidas con su carga de indignación centenaria, nos retratan a gente que ha jornaleado sin reparar en la paga, y que siempre ha recibido de vuelta limosnas y olvidos, y ahora tantos bolillazos fieros.

Esos colombianos, como sus cebollas y su leche derramadas, han dejado sobre el campo del país una lágrima y su esfuerzo blanco, puro. Honesto. Sin queja. Y cultivan tan poco de nosotros en la ciudad, casi ni las gracias. La señora de la que hablo, a la que recuerdo enseñándome a ser reportero, a ser testigo excepcional de tanta resistencia, me decía: "mijo, perdóneme que no le ofrezca más, pero no tengo".

Era esa nana de las cebollas de Miguel Hernández hablándole al crío: "Es tu risa la espada más victoriosa, vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor ". Ahhh, gente tan franca y noble que así levanta a sus hijos.