HISTÓRICO
Una masacre sin olvido
  • ILUSTRACIÓN MORPHART
    ILUSTRACIÓN MORPHART
EL COLOMBIANO | Publicado el 06 de mayo de 2013

Hace diez años, las Farc asesinaron en cautiverio, en condiciones de absoluta indefensión y luego de meses de haberlos mantenido en condiciones de total desprecio a su dignidad humana, al entonces gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria Correa, al Asesor de Paz de su administración, exgobernador del departamento y exministro de Defensa, Gilberto Echeverri Mejía, y a ocho soldados del Ejército Nacional.

Para Antioquia, para Colombia, para la Humanidad misma, este horrendo crimen, ejecutado con sevicia, no será posible borrarlo de la conciencia colectiva.

Al momento de su secuestro, el gobernador Gaviria acogía con la mayor buena fe los principios de la Noviolencia. En su empeño de sembrar semillas de paz y erradicar los factores de odio, contó con el apoyo, solidaridad y lealtad de su Asesor de Paz, Gilberto Echeverri, a pesar de tener éste muy claros los límites que le indicaba el realismo de la situación de un conflicto armado, degradado, donde las guerrillas no se andaban con miramientos ante posturas de reconciliación y buena fe.

Ha pasado una década de la atroz masacre perpetrada por las Farc en Urrao y el país está hoy, una vez más, en la búsqueda de una paz negociada con esa guerrilla en La Habana, Cuba.

Paralelamente, se desarrolla en Medellín una jornada internacional sobre la Noviolencia que el inmolado gobernador Gaviria Correa quiso promover como instrumento de paz y convivencia. Lo que buscaba iba más allá de resolver el conflicto armado interno. Su filosofía animaba una cultura de tolerancia, de respeto y de convivencia pacífica como pilares fundamentales del derecho a la vida. La respuesta que obtuvo de los violentos fue a plomo.

Pero propuestas como las del gobernador asesinado no caen en el vacío. Máxime al corroborar que diez años después del crimen en Urrao, la violencia no se ha detenido, incluso se ha incrementado en muchas ocasiones. Sin embargo, el rechazo ciudadano a esa barbarie también ha crecido exponencialmente y se ha trasladado a otros ámbitos de la vida cotidiana del país.

Las grandes movilizaciones contra el secuestro, el maltrato infantil, el reclutamiento de menores y la guerra, son síntomas de una nueva cultura contra la violencia. Y de no contemporización con quienes la imponen y la consideran instrumento idóneo para alcanzar sus objetivos ilegales.

Las palabras ayer del sargento del Ejército Heriberto Aranguren, sobreviviente de la masacre de Urrao, tal vez sirvan para dar ejemplo a quienes fueron los verdugos de sus compañeros de secuestro: "Debemos perdonar".

Eso sí: muchos colombianos, y en este caso particular, los antioqueños que nos vimos privados de forma tan brutal de dos de nuestros más esclarecidos dirigentes y de los soldados que sufrieron un final impropio de un país civilizado, quisiéramos oír una petición de perdón por parte de sus asesinos, al momento de pactar la reconciliación.

Con una muestra de arrepentimiento de quienes ordenaron y ejecutaron la matanza, las familias de los inmolados, llenas de dolor pero sin pretensiones de venganza, encontrarán razones de más para persistir en sus llamados a la paz.

Lograríamos un perdón que no excluye la justicia, pero sí el odio. Una cultura contra la violencia que no condena al martirio a quienes la promueven.