HISTÓRICO
Víctor Gaviria, poeta y cineasta de las calles
Por JUAN DAVID MONTOYA | Publicado el 08 de diciembre de 2012
Kilómetros de cinta, semanas de audio-entrevistas, un océano de documentos, un mural de fotografías. Nadie sabe adónde van a para los restos de una película, ni siquiera su director.

De esto hablan los integrantes del equipo productor de La vendedora de rosas y Rodrigo D. no futuro minutos después de atender a la presentación de un proyecto, liderado por la historiadora Adriana González, con el que se quiere recuperar gran parte del material que Víctor Gaviria ha utilizado en sus películas.

-Una noche estaba yo en un rodaje, llegué a la una de la mañana y me olió a humedad -comenta uno de ellos mientras el auto en el que se movilizan se desliza por el centro de Medellín. -Yo pensé que era una gotera de la cocina, pero no. ¿Sabés dónde había caído? -continúa-... Preciso encima del archivo.

-Juepuuuta -dice Víctor-¡Como es de terrible cuando llueve dentro de los closet…

La frase dibuja bien al poeta que escribe imágenes, al cineasta que narra poesía. Para César Alzate, jefe de comunicaciones del Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, fundado por Gaviria hace 13 años, él es uno de los pocos colombianos que tiene una obra fílmica tan sólida como la literaria.

Hay quienes prefieren su pluma. Camilo Jiménez es uno de ellos. "Gustándome mucho sus películas, particularmente considero a Víctor más un poeta que un director", escribe en su blog, El ojo en la paja.

Es su mirada, sin embargo, la que el mundo recuerda. Entre anécdotas, los ex Tiempos Modernos, la productora que en 1990 llevó una cinta colombiana por primera vez a competir por una Palma de Oro en Cannes, le dan vueltas al cómo crear una cinemateca.

La idea la lleva entre ceja y ceja Víctor. Mientras discuten la manera de recuperar las entrevistas hechas a Mónica Rodríguez, quien junto con un personaje de Hans Christian Andersen inspiró el de La vendedora, el auto pasa frente a uno de los pocos cinemas porno que sobreviven en la ciudad, donde ofertan un par de películas en las que las mujeres lucen desnudas y con gorritos rojiblancos.

-Por el patrimonio, por los archivos del Sinfonía.

-Están de Navidad, ¿viste? -agrega Gaviria.

Una de las primeras salas de cine que conoció fue la que su propio padre improvisaba en su casa. Las primeras comuniones, los aniversarios, los ocho hijos, eran los temas preferidos de las películas de Don Emilio Gaviria.

De una forma similar, nada ambiciosa, Víctor llegó al cine. Empezó filmando historias niños mientras aún era un estudiante de psicología de la Universidad de Antioquia. Desde entonces ya prefería que los actores no fueran actores, más bien personajes de la realidad que tienen que ver tanto con el guión como el que lo firma.

De los niños y los cortos a los mediometrajes, como el que rodó en 1983, titulado Habitantes de la noche. "Ahí me di cuenta de que en esa película hay unas partes que son mejores que otras y que las mejores son las que tienen un guión que está más próximo a la investigación de campo", dijo a la revista Número.

Ese trabajo de campo que busca los "testimonios al borde del dolor" ha sido su más grande acierto, también la razón de que su trabajo incomode a tantos.

"Víctor es inaceptable porque muestra lo que odiamos como parte de nosotros mismos", asegura en el blog Madera Salvaje Santiago Andrés Gómez

El auto se detiene al fin en Maracaibo con El Palo. Cerca, en un café-librería, el director Fernando Trueba espera a Víctor para hablar frente a un público nutrido sobre el cine gringo de los años 70.

Con un abrazo afectuoso y una presentación, los dos cineastas se reencuentran. Víctor le muestra al español el guión, acabado de salir de imprenta en su versión editorial, de La vendedora de rosas.

Trueba pregunta por los actores y Víctor describe la pobreza "tenaz" con la sobreviven los que quedan. "Esta es una ciudad de contrastes", le dice. "Nosotros aquí viendo libros y por allá la gente sin trabajo y con ganas hacer cualquier cosa por 70.000 pesos".

En la calle Maracaibo, afuera del café, Adriana González, la historiadora, afirma con vehemencia que no hay nadie con la sensibilidad de Víctor para ver, entender y traducir la pobreza, la exclusión, la marginalidad de esta urbe.

No son pocos quienes encuentran preocupante que tantos años después, el diagnóstico de una de las voces que con mayor precisión describió la generación del "No futuro", hable con incertidumbre de lo que se cocina arriba en la montaña.

Ojos que no veían y oídos que no escuchaban fueron testigos durante los años 90 del desfile de los Rodrigos y las Leidys por los desfiladeros de la muerte.

Hoy, con el bigote encanecido, Víctor sigue siendo la encarnación de la mirada que perturba, el oído atento, la voz del poeta que cuenta para los que vendrán después del No futuro".