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    JAVIER CADAVID

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    SERGIO OBÁNDER VÉLEZ

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    Gilberto Torres

    y la mala fortuna de llamarse igual a un  cabecilla guerrillero

    Un campesino fue condenado a 37 años de prisión

    En el bolsillo de su camisa, Gilberto Torres Muñetón carga una peinilla, una libreta para apuntar datos, una foto de su familia, y la sentencia de un juez a 37 años y seis meses de prisión por un crimen que según él no cometió.

    Los últimos 10 años de su vida, Gilberto los ha pasado tras barrotes y frías paredes de celdas carcelarias y desde hace tres años cumple su condena en la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, en Boyacá, acusado de ser “el Becerro”, un cabecilla del frente 57 de las Farc que amasó una fortuna por el negocio del narcotráfico, dejó enterradas caletas con dólares en las selvas de Chocó, y en mayo de 2002 fue el artífice de una de las masacres más duras padecidas en el país: la tragedia de Bojayá.

     

    Todo fue confusión. La muerte, como la guerrilla y los paramilitares, cercaron ese pueblo de pescadores, a orillas del Atrato. “Hacia las once de la mañana, el tercer cilindro-bomba que disparó la guerrilla rompió el techo de la iglesia, impactó contra el altar y estalló, detonando su carga de explosivos y de metralla, produciendo una gran devastación: en el suelo y hasta en los muros quedó la evidencia de los cuerpos desmembrados o totalmente deshechos, y la sangre manchó el lugar, mezclándose y perdiéndose entre los escombros”, registró el Centro de Memoria Histórica en su informe Bojayá: la Guerra sin Límites.

    En las páginas del libro, y de la historia del país, quedó registrada la tragedia: por la explosión murieron 79 personas (41 mujeres y 38 hombres, entre ellos 48 menores de edad), 13 perdieron la vida en hechos precedentes y seis más que estuvieron expuestas a la explosión del cilindro, fallecieron por cáncer en el transcurso de los ocho años siguientes.

     

    En los tres únicos cuadernos que reposan en el Juzgado Segundo de Ejecución de Penas y Seguridad de Tunja del proceso (causa: 2005-00106-00), se indica que el 13 de octubre de 2006, Gilberto de Jesús Torres Muñetón fue sentenciado a 37 años y seis meses de prisión y una multa de 1.734 millones de pesos “al declararlo responsable a título de coautor de los delitos de homicidio en persona protegida, rebelión, utilización de métodos y medios de guerra ilícitos, actos de terrorismo, destrucción de lugares de culto y destrucción de bienes de instalaciones de carácter sanitario, por hechos ocurridos los días 1 y 2 de mayo de 2002, en Bellavista-Bojayá, Chocó”.

    por masacre que él asegura no cometió

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    El hecho del que lo acusan

    El 1 de mayo de 2002, Flora Rosa Caicedo se levantó con la misma incertidumbre de los últimos días de abril. Desde su cama, en Bojayá, sintió las motosierras en la madrugada de ese miércoles y, para consolar su miedo, se imaginó a sus vecinos cortando madera para construir sus pangas (canoas).

    A las 7:30 a.m. sintió que en la inmensidad del río Atrato se cambió el sonido de los motores por las balas. Un temblor le sacudió sus gruesas piernas negras. Se imaginó los grupos paramilitares disparándose con la guerrilla de orilla a orilla y el temor, esfumado horas antes, volvió a agobiarla, pues su hijo y los esposos de las mujeres de Bojayá —de oficio pescadores—, se encontraban en el río.

    —Mi hijo Jenefer me contó que tuvo que tirarse al agua y taparse con la panga. Salieron a nado como pudieron y llegaron a las casas para salvarse—, recuerda Flora Rosa.

    El resto del día los enfrentamientos fueron más intensos y 300 personas, acosadas por el miedo reflejado en ojos y manos, se refugiaron en la iglesia San Pablo Apóstol. Allí pasaron toda la noche, con las instrucciones del padre Antún Ramos que les prohibió acercarse a cualquiera de los grupos armados. “Ni un cigarrillo les podíamos dar”, cuenta.

    El jueves 2 de mayo, con el fuego recrudecido y los paramilitares en posición cerca a la escuela, el puesto de salud, la iglesia y la casa de las misioneras, las Farc decidieron atacar con pipetas y explosivos. Lanzaron la primera y destruyó una vivienda pero no dejó víctimas. El segundo cilindro terminó en el patio del puesto de salud, al lado de la casa cural, pero no estalló.

    Todo fue confusión. La muerte, como la guerrilla y los paramilitares, cercaron ese pueblo de pescadores, a orillas del Atrato. “Hacia las once de la mañana, el tercer cilindro-bomba que disparó la guerrilla rompió el techo de la iglesia, impactó contra el altar y estalló, detonando su carga de explosivos y de metralla, produciendo una gran devastación: en el suelo y hasta en los muros quedó la evidencia de los cuerpos desmembrados o totalmente deshechos, y la sangre manchó el lugar, mezclándose y perdiéndose entre los escombros”, registró el Centro de Memoria Histórica en su informe Bojayá: la Guerra sin Límites.

    En las páginas del libro, y de la historia del país, quedó registrada la tragedia: por la explosión murieron 79 personas (41 mujeres y 38 hombres, entre ellos 48 menores de edad), 13 perdieron la vida en hechos precedentes y seis más que estuvieron expuestas a la explosión del cilindro, fallecieron por cáncer en el transcurso de los ocho años siguientes.

     

    En los tres únicos cuadernos que reposan en el Juzgado Segundo de Ejecución de Penas y Seguridad de Tunja del proceso (causa: 2005-00106-00), se indica que el 13 de octubre de 2006, Gilberto de Jesús Torres Muñetón fue sentenciado a 37 años y seis meses de prisión y una multa de 1.734 millones de pesos “al declararlo responsable a título de coautor de los delitos de homicidio en persona protegida, rebelión, utilización de métodos y medios de guerra ilícitos, actos de terrorismo, destrucción de lugares de culto y destrucción de bienes de instalaciones de carácter sanitario, por hechos ocurridos los días 1 y 2 de mayo de 2002, en Bellavista-Bojayá, Chocó”.

    Mientras el Bloque Élmer Cárdenas de las Autodefensas, comandado por Fredy Rendón Herrera, alias “el Alemán”, y el frente 57 de las Farc se disputaban Bojayá, considerado un corredor estratégico para sus intereses de guerra, Gilberto, el campesino de El Aro, asegura que viajaba a Medellín “a pasar unos días con su familia” y a realizarse un tratamiento odontológico.

    Dice Gilberto que el día de la masacre “un hijo mío estaba atendiendo una tiendita que teníamos en Castilla y llegó una negrita que él molestaba mucho, tanto que en acento chocoano le dijo: ahí están masacrando tu pueblo, y la negrita le dijo yo no soy chocoana. Ella compró las arepas y los panes y salió y se fue.  Al tiempo resulté involucrado que yo era Gilberto ‘el Becerro’, que era el comandante del frente 57, y ahí fue donde me montan la masacre de Bojayá”.

    En su defensa juegan también los argumentos del abogado defensor Guillermo León Giraldo Montes, quien cuenta que Gilberto no conoce el Chocó, “no conoce Quibdó, no conoce el Atrato, y efectivamente a partir de estos testigos como falsos positivos, van vinculando campesinos  que realmente no han participado en la toma de Bojayá”.

    Los testigos referidos por el abogado son dos desmovilizados del frente 57 de las Farc: Milli Wilson Mena Palacios y Marco Ortelio Rovira Moreno, incluidos en la respuesta de la Procuraduría 172 Judicial II Penal (Oficio 255 del 11 de noviembre de 2010) a la revisión del caso solicitada por la defensa, en la que se señala a Gilberto por personas que, como los dos testigos anteriores, hicieron reconocimiento fotográfico y lo acusan de ser el comandante guerrillero.

    Posteriormente intervienen en reconocimiento en fila de personas y allí señalan al sujeto que se identifica como Gilberto de Jesús Torres Muñetón como alias ‘el Becerro’, militante de las Farc, dando fe de que no lo vieron en forma directa en los enfrentamientos, pero sí de su presencia para los primeros días de mayo en las citadas poblaciones (Bojayá y Vigía del Fuerte), en las circunstancias antes descritas”, señala el informe de la Procuraduría.

    Ante el señalamiento, el abogado Giraldo dice que toda esa información estuvo en poder del B2 del Ejército (Inteligencia Militar) y fue entregada como prueba que enriquece datos falseados “y aparece vinculado en la toma de Bojayá en mayo del 2002. Aparecen dos testigos que lo reconocieron como autor intelectual y material y como jefe guerrillero, dando órdenes a varios frentes de las Farc que se unieron para pelear con los paramilitares. Ahí es donde empieza el error, el error arranca desde hace muchos años”.

    Los acusaron de guerrilleros

    La imagen de un papá cariñoso pero recio, de manos callosas por su trabajo en el campo, mirada serena y gestos amables, se desvanece poco a poco en la memoria de Marcela Torres, como se desvanece a kilómetros de su casa —y entre rejas—, la esperanza de su padre Gilberto por una salida pronta de la cárcel.

    El día de la captura de su papá, Marcela conversaba en la acera de su casa con sus amigas de infancia. Fue el 8 de diciembre de 2004 y su hermano, Alexander Torres, estaba de cumpleaños, así que en la casa había torta, globos y serpentinas para celebrar.

    La conversación juvenil fue interrumpida por una patrulla de la Policía que llegó con un escuadrón especial de hombres. —Parecían vestidos para una guerra—, dice Marcela, de 14 años en aquella época.

    Los policías ingresaron a la vivienda sin una orden, explica la hija de Gilberto, y entre ellos el jefe del escuadrón especial a quien según Marcela le dicen “el diablo”. Este le preguntó si él era Gilberto de Jesús Torres Muñetón.

    —A mi papá ni siquiera se refirieron por el nombre. Iban era a preguntarle por determinadas características y mi papá salió normal cuando dijeron que él era la persona que necesitaban, dice Marcela.

    En el momento de la captura a Gilberto lo señalaron de ser alias “el Becerro”, y de ser el autor de varios homicidios en Ituango, en Campamento, Yarumal, y en el área del Bajo Cauca. Además, se llevaron detenida a Marcela y a su hermano Alexánder acusándolos de ser guerrilleros.

    —A mí me llevaron dizque porque yo andaba uniformada y en las oficinas del Goes, en Guayabal, me metieron temor que tenía que decir que mi papá sí era guerrillero y sino la perjudicada iba a ser yo—, cuenta Marcela, sentada frente al mostrador de la panadería que administra en un barrio céntrico de Medellín.

     

    En su celda, Gilberto de Jesús Torres Muñetón carga con recortes de periódico, expedientes–, sentencias y documentos con los que soporta que él no es “el Becerro”. Cartas a ministros, a fiscales y jueces, al entonces presidente Álvaro Uribe y al actual presidente Juan Manuel Santos están guardadas en carpetas de cartón y bolsas plásticas que lleva a todas las entrevistas con abogados y periodistas. Sabe donde encuentra cada papel, y lo saca de los sobres con la memoria impecable de un notario.

    Entre los documentos, Gilberto guarda con especial celo los fallos que le notifican la preclusión de varias investigaciones en las que fue acusado del homicidio de José Heriberto Posso Durango, José Juvenal Loaiza, Marlon Darío Mejía y Jairo Uldarico Areiza Torres, primo de Gilberto.

    En el radicado 9161319 de la Dirección Seccional de Fiscalías de Antioquia, con fecha del 28 de noviembre de 2008,  la fiscal seccional 17 (e) María Eugenia Gutiérrez Vargas dejó consignado que en las declaraciones allegadas a la investigación se tienen señalamientos que sindican a Gilberto como integrante de las Farc “de manera genérica y abstracta” y carecen de soporte las afirmaciones de ser el autor del homicidio de José Juvenal y Marlon Darío. Nota que se repite en el radicado S-1320 del 16 de septiembre de 2008, firmado por la misma fiscal, en la que señala la falta de elementos probatorios para acusar a Gilberto como autor del homicidio de José Heriberto Posso.

    A tales señalamientos, el abogado León Montes responde que Gilberto de Jesús Torres nunca fue guerrillero y, por el contrario, fue una víctima como muchos de los campesinos de este país  habitantes de las zonas donde se desarrolla el conflicto armado.

     

    Él, como todos los campesinos, ha tenido que estar en estas zonas de orden público delicadas y ha tenido que estar directa o indirectamente metidos con la guerrilla, con los paramilitares, con las bandas criminales en el sentido de que si no colaboran o no participan los van a matar o los van a sacar de su tierra”.

    Los nexos de Gilberto con la guerrilla —agrega el abogado— se relacionan por el hecho de ser obligado a prestar las mulas para cargar las mercancías. “Dicen los testigos que él era un auxiliador de la guerrilla y que era guerrillero pero él en ningún momento ha usado armas o ha estado camuflado, él es un campesino raso”.

    Su expediente completo es su mejor compañía en la cárcel

    Gilberto no es “el Becerro”

    El 1 de marzo pasado, un grupo élite de las Fuerzas Militares y la Policía se “arrastró” hasta las orillas del río Opogadó, en Bojayá, Chocó, para analizar los movimientos de un objetivo de alto valor —como dicen en el argot militar— al que le seguían los pasos desde junio de 2014.

    A finales de febrero pudimos ubicar a ‘el Becerro’ en una zona en la que se movía tranquilamente en la vereda El Venado, sector Pichindé. Ese era su escondite”, relata uno de los miembros de la Policía que participó en el operativo. Tres días después, comandos del Ejército, con información de Inteligencia de la Policía, se apostaban en la selva a esperar el momento preciso “para dar el golpe”.

    El 8 de marzo, tras días de observación y camuflaje, el cabecilla fue detectado a orillas del rio Opogadó. Fue a cerrar un trato “para el traspaso de armas y un cargamento de coca que sería enviado a Centroamérica”, informaron fuentes judiciales.

    En esa diligencia se encontró con las tropas apostadas en los alrededores y se presentaron combates, como informó un día después el jefe de las Fuerzas Militares, el general Juan Pablo Rodríguez Barragán: “nuestras Fuerzas Militares, en coordinación con la Policía, dieron otro duro golpe al narcotráfico con la muerte en combate de alias ‘el Becerro’ comandante del frente 57 de las Farc y uno de los principales narcotraficantes del norocidente colombiano”.

    La muerte de este histórico de las Farc, con 36 años de militancia en el grupo guerrillero, quedó certificada en la partida de defunción 81492889-2 del Departamento Administrativo Nacional  de Estadística (DANE). Cinco días después, un hermano de José David Suárez reclamó el cadáver del cabecilla guerrillero.

    La esperanza de Gilberto de Jesús Torres Muñetón para salir de la cárcel se centra en las anteriores pruebas y en la declaratoria hecha el 25 de julio de 2015 desde Cuba por el negociador y jefe guerrillero, alias “Carlos Antonio Lozada”, al asegurar que el caso de Gilberto “es un caso de homónimos que comenzó siendo una confusión. ‘Gilberto Torres’ fue el seudónimo escogido por José David Suarez, al momento de ingresar a las filas de las FARC-EP. Una elección hecha al azar, vaya uno a saber por cuál razón”.

    Estas declaraciones y los nuevos documentos hacen parte de las bolsas y carpetas de documentos de Gilberto —la que guarda con celo de un notario—. Por ahora le rebaja tiempo a la condena estudiando en la escuela de formación ambiental. Espera la redención y se duele de su mala fortuna por llevar el nombre de un cabecilla guerrillero, pero más le duele la justicia de un país que lo condenó a prisión más de tres décadas, según él, por llamarse Gilberto de Jesús Torres Muñetón.

    Los gustos del verdadero becerro en LAS selvas del chocó

    José David Suárez, alias “el Becerro”, fue el comandante del frente 57 de las Farc. Antes de su muerte (facsímil certificado de defunción), el jefe guerrillero se había refugiado en zonas selváticas entre Riosucio, Unguía y Bojayá y según desmovilizados había ordenado “con desespero la búsqueda de caletas con oro y dinero producto del narcotráfico y la minería ilegal. Tomaba whisky Old Parr y cerveza Heineken”.

    La Policía Antinarcóticos lo consideraba uno de los cinco capos del narcotráfico en las Farc y al frente 57 de participar “en toda la cadena del narcotráfico, desde la siembra de la coca, la producción en laboratorios y el tráfico, así como en alianzas con bandas criminales y narcotraficantes”.

    Al frente 57 se le señala de “proveer al cartel de los Arellano Félix y al de Sinaloa con estupefacientes producidos en el pacífico chocoano y transportados hacia la frontera con Panamá donde se acopian para luego ser enviados a través de lanchas rápidas a países centroamericanos”, indica el informe policial.

    Nos duele mucho su situación porque él se desespera y uno se siente impotente porque cree que ya ha hecho todo lo que está al alcance de nosotros y no pasa nada”. Marcela Torres, hija de Gilberto Torres Muñetón

    Es un caso de un homónimo que comenzó siendo confusión. Una elección hecha al azar vaya uno a saber porqué”. Carlos Antonio Lozada, cabecilla de las Farc

    Uno siente el vacío del papá que no está. Él tiene fotos de ocasiones especiales, pero nos ha faltado su presencia"
    Marcela Torres, hija de Gilberto Torres Muñetón

    Créditos

    Directora: Martha Ortiz. Investigadores y reporteros: Santiago Cárdenas, José Guillermo Palacios y Javier Alexander Macías. Fotografías : Henry Agudelo, 
    Julio César Herrera, Juan Sebastian Carvajal  y Manuel Saldarriaga. Video y edición: Juan Sebastian Carvajal  y Alex Andrés Hereira. Diseño web: Jorge Mario Ochoa. Animación: Darwin Alejandro Bermúdez. Redes Sociales: Melissa Gutiérrez. Editores temáticos: Isolda María Vélez y Juan Esteban Vásquez.  Editora del especial: Margarita Barrero F.