Nicanor Restrepo como pacifista

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Publicado el 15 de marzo de 2015

Por carlos alberto giraldo

E n septiembre de 1998, Nicanor Restrepo Santamaría estaba en Egipto. Cuando salía de las instalaciones del Museo del Cairo tropezó con un periodista al que su organización de seguros le había costeado los pasajes para asistir al curso Formadores de Opinión en Áreas de Conflicto. Al ver a su paisano, el dirigente empresarial solo atinó a decirle: “siga estudiando, para ver si estamos bien preparados cuando llegue la firma de la paz”.

Él siempre creyó en la posibilidad de encontrar una salida negociada al conflicto armado con las guerrillas. Así lo escribió, así lo dijo y así lo buscó incansablemente. Algunas veces en la soledad de su voz autorizada y respetada por los empresarios y los políticos, incluso por los mismos jefes guerrilleros, y otras en la compañía de grupos y comisiones de paz que integró.

En EL COLOMBIANO, por ejemplo, entre 2001 y 2004, participó en el Comité Asesor en Temas de Paz de la Dirección. Allí alternaba su voz y su conocimiento con figuras como Gilberto Echeverri Mejía, otro activista de la reconciliación que encontró un destino aciago, precisamente, en una marcha por la no violencia, en la cual las Farc lo secuestraron para luego asesinarlo en zona rural de Urrao, en mayo de 2003.

En Nicanor Restrepo se apreciaba un tono apolíneo, tranquilo, sin prejuicios, sobre el conflicto armado y sus actores armados ilegales. Nunca frases odiosas, nunca adjetivos guiados por resentimientos, nunca leña a la hoguera de los odios y la muerte que trae la guerra. Siempre un giro constructivo y un consejo equilibrado para intentar buscar la paz, pero también siempre una excepción de autoridad y firmeza oportunas para no dejar disolver ni claudicar la Constitución y el Estado.

Junto con Pedro Gómez Barrero, por ejemplo, desde el gremio de los empresarios, pero también por sus convicciones, Restrepo Santamaría acompañó al presidente Andrés Pastrana dentro del grupo de personalidades que respaldaba al equipo del gobierno en el proceso de conversaciones con las Farc, en San Vicente del Caguán, entre 1999 y 2002, cuando ya las negociaciones se volvieron inviables ante los actos de terror y soberbia militar de esa guerrilla.

Pero ni en esas circunstancias de polarización que trajo al país la decepción del Caguán, junto con la frustración de quienes creyeron en ese momento que era posible alcanzar la paz, Nicanor Restrepo perdió la mesura y el juicio meridiano. Terminó sus labores empresariales y se marchó a estudiar más a Europa, al tiempo que mantenía su contacto con los actores institucionales, no gubernamentales y civiles que trabajaban con la visión de largo plazo de que en otro momento más propicio se reabrirían las puertas a un proceso de terminación del conflicto con las Farc y con el Eln. Si algo destacó a Nicanor Restrepo fue su coherencia ante lo costoso y desastroso que resultaba mantener una política de guerra y aniquilación de los subversivos. Por ello, incluso, fue mal visto por algunos de sus pares en la dirigencia.

Aquel convencido de buscar la paz por vías políticas era, igual, un hombre universal, apacible, inquieto, que alternaba sus tertulias con intelectuales, políticos y empresarios, y al tiempo con militares, activistas y estudiantes universitarios, con los que buscaba detectar los hilos comunes que nos podían unir como sociedad. Aunque también se daba paciente a comprender las diferencias y los recatos que mantenían abierta una brecha entre los variopintos actos sociales y políticos del país.

Sus esperanzas, guiadas por la certeza de su sólida formación académica, pero también por su pragmatismo de líder empresarial, retoñaron los últimos cuatro años cuando vio avanzar el nuevo capítulo de conversaciones con las Farc, primero en reuniones preliminares en el primer semestre de 2012, algunas de ellas en Venezuela, y luego desde noviembre de ese año en la mesa oficial de La Habana.

Nicanor Restrepo se mostró identificado con la búsqueda y los esfuerzos del presidente Juan Manuel Santos en Cuba y reconoció, además, que le hablaba al mandatario al oído, dada la amistad, el respeto y la afinidad de criterios que los unía en torno a acabar con el capítulo de más de medio siglo de violencia del conflicto armado. Se ha ido, pues, un batallador de la paz. Un líder que les hará falta, con su consejo sabio, a los rituales de perdón y reconciliación que deberá surtir el país para construir algún día una paz tan firme como lo fueron las convicciones de Nicanor Restrepo para alcanzarla.

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