Un país unido en busca de la paz

Publicado el 16 de marzo de 2015

Hoy, con profunda emoción y gratitud, despedimos a un gran amigo, a un prudente consejero, a un empresario sinigual y, antes que nada, a un antioqueño, un colombiano, que trabajó con amor por su país, por la justicia social y por la paz.

Nicanor Restrepo Santamaría –y lo digo sin ninguna exageración– fue todo eso, y mucho más.

Por eso hoy lo lloramos y lo recordamos, y le rendimos el tributo que merece uno de los mejores hijos de la patria.

Nicanor fue –quién lo duda– el empresario modelo de Colombia.

Desde el Grupo Empresarial Antioqueño –que lideró por 20 años– nos dio a todos una cátedra de qué significa ser empresario cuando se tiene un alto sentido de responsabilidad social.

Nicanor sembró en Antioquia y en todo el país la semilla del emprendimiento, de la prosperidad, del trabajo digno, gracias a la cual las compañías del Sindicato Antioqueño se han convertido en un orgullo de Colombia y en fuente de empleo y bienestar para miles de familias.

Pero no solo eso. Gracias a su visión, el Grupo Empresarial Antioqueño es también ejemplo de trabajo responsable frente a las comunidades, frente a la población más vulnerable y frente al medio ambiente.

¡Gracias, Nicanor, por enseñarnos que el mejor empresario es el que devuelve a la sociedad los frutos de su trabajo!

Pero más allá de su destacado paso por el sector privado –y sus 15 meses como Gobernador de Antioquia– Nicanor nos deja un legado como ser humano lleno de valores dignos de emulación.

Él nunca se obsesionó con el poder, y fue ante todo un hombre curioso, un hombre cálido y generoso, amante de la cultura y de su país.

Cuando dejó el Sindicato, en 2004, cumplió su sueño de estudiar en París, donde cursó –cuando muchos no quisieran ya ver un texto de estudio– una maestría, un doctorado y un posdoctorado en Sociología Política.

En él sí que se cumple esa bella frase de García Márquez, que invita a los colombianos a estudiar desde la cuna a la tumba.

Fue un hombre ético de proceder impecable, absolutamente transparente, que creía en el valor del trabajo y el estudio, y en la necesidad de dejar huella positiva en la sociedad.

¡Gracias, Nicanor, por enseñarnos la humildad y la generosidad del poder bien concebido!

Y por último quiero destacar su compromiso como hombre de paz, porque, si con algo soñaba Nicanor Restrepo, era con ver algún día a su país en paz.

Recuerdo una cena –hace ya más de 20 años– en un restaurante de Bogotá, donde él, mi hermano Enrique, Angelino Garzón y yo estuvimos debatiendo hasta las tres de la mañana sobre los mejores caminos para lograr la paz.

Él participó, junto con muchos otros líderes de todos los sectores de la sociedad, en ese ejercicio tan especial, llamado “Destino Colombia” que se celebró aquí en Antioquia, en el Recinto Quirama, en 1997, bajo la conducción del especialista en resolución de conflictos Adam Kahane, a quien habíamos traído el año anterior con la Fundación Buen Gobierno, por recomendación de Nelson Mandela, cuando le entregué la Presidencia de UNCTAD (Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas sobre Comercio y el Desarrollo).

En esa oportunidad, un grupo diverso de colombianos, incluido Nicanor, imaginó cuatro escenarios posibles para el futuro del país en los siguientes 16 años.

Yo invito a los académicos, a los medios, a que revisen esos escenarios construidos en 1997, porque la verdad es que impresiona el nivel de acierto –casi profético– que lograron.

Se parte de un escenario en que la sociedad renunciaba a actuar, y el conflicto crecía a su antojo. Luego viene otro en que se intenta dialogar haciendo concesiones a los grupos armados con tal de iniciar un proceso de diálogo. Sigue un tercer escenario en que predomina la confrontación militar contra los insurgentes.

Y el último escenario –que creo es el que vivimos ahora– se llama “La Unión hace la Fuerza” y parte del empoderamiento de la sociedad civil para la resolución de sus conflictos.

Eso quería Nicanor –un hombre lejano de las veleidades, de la vanidad y de la política–: él quería un país unido en busca de la paz.

Por eso, no puedo menos que citar las palabras que escribió en EL COLOMBIANO, cuando fue invitado a ejercer la dirección por un día, lo cito:

“Esta oportunidad de poner fin al conflicto interno por medio de una negociación política –quizás la última en muchos años– hay que cuidarla y preservarla con especial persistencia para evitar ser condenados a soportar de nuevo cientos de miles de muertos y a sacrificar las oportunidades de crecimiento humano y económico”.

¡Gracias, Nicanor, por trabajar generosamente por la paz!

Se nos fue sin ver concluido su sueño, pero sabemos que desde el cielo de los justos será nuestro mejor aliado para conseguirlo.

A Clara Cecilia, a sus hijos Camilo y Tomás, a sus nietos y a toda su familia, les expreso nuestra solidaridad en este momento de dolor.

“Cuando un amigo se va, queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río”, dice una hermosa canción.

El fuego que Nicanor dejó en nuestros corazones... no se apagará nunca.

Colombia y su amada Antioquia le rendimos tributo.

Que Dios lo guarde y bendiga para siempre.

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