Alberto Salcedo Ramos
Columnista

Alberto Salcedo Ramos

Publicado el 19 de julio de 2015

El mito de sísifo

Cuando quieran, pueden llamarme a testificar: yo sé quién patrocinó la reciente fuga del “Chapo” Guzmán, el narcotraficante mexicano.

La fuga de Guzmán se patrocinó de la misma manera en que se financió, veintitrés años atrás, la del narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

La millonada con la que el “Chapo” y Escobar compraron la complicidad de las autoridades y encontraron milagrosos boquetes de salida en sus respectivas cárceles, salió de la misma cuenta.

Tengo unos informantes confiables. Todos ellos coinciden en que los túneles por donde escapan los narcotraficantes son financiados por los países consumidores con su política prohibicionista. Gracias a esa política obtusa surgen -y se enriquecen- gánsteres como Guzmán y Escobar.

Mi primer informante fue Antonio Caballero, lúcido columnista. En “Quince años de mal agüero”, el estupendo libro que le editó “La hoja” de Medellín, Caballero me recordó que la Volstead Act de 1919, que prohibió en Estados Unidos la venta y consumo de licores, solo sirvió para dar origen al imperio sangriento de las mafias y para que creciera de manera desmedida el FBI.

Luego busqué a Milton Friedman, Premio Nobel de Economía. “Cuando yo era adolescente” -me dijo, desde un antiguo documental- el licor estaba prohibido y, sin embargo, se veía por todas partes. Había muchísimas cantinas clandestinas. La idea de que la prohibición sirviera para evitar que la gente bebiera era ridícula. No servía sino para aumentar dramáticamente la criminalidad. Era la época en que Al Capone y sus muchachos nos bañaban de sangre”.

Todos sabemos que hoy sucede lo mismo con la droga: la prohibición no impide su consumo a quien quiere consumirla, y en cambio genera corrupción, envenenamiento, degradación. Y, por supuesto, nuevas hordas de matones que prolongan el baño de sangre instaurado por Al Capone.

“Si la droga fuera legal en el mundo”, añadió Friedman, “podríamos suprimir la mitad de las prisiones, ahorrarnos más de cincuenta mil homicidios anuales y bajarles la carga tributaria a tantos inocentes que financian con su dinero bien habido la onerosa política de prohibición”.

Pero me temo -digo yo acá en voz baja- que legalizar la droga equivaldría a dañar el negocio, y cuando digo negocio no me refiero solo al de los narcotraficantes. También al de ciertas naciones que necesitan la permanencia de ese monstruo para mantener los costosos aparatos estatales con los cuales adelantan su combate inútil pero lucrativo.

Mientras la droga sea ilegal habrá más capacidad de contratación, más cuerpos de policía, más centrales de inteligencia, más flujo de dinero contante y sonante, más venta de insumos químicos y de pesticidas, más fabricación de aviones caza y de helicópteros de fumigación, más rentabilidad para los jerarcas de la industria armamentista.

La droga, además, es un pretexto formidable para sacarle el cuerpo a problemas de fondo como la desigualdad, el desempleo, la falta de oportunidades, el hambre, la crisis de los partidos políticos, la inoperancia del gobernante de turno.

La criminalización de las drogas mantiene a todo el mundo ocupado tendiendo cortinas de humo y señalando villanos. Villanos que hoy son encarcelados o dados de baja, y mañana se renuevan en otros capos. Así, pase lo que pase, el volumen del tráfico siempre va en aumento. La política antidrogas nos impone la misma condena de Sísifo: nos obliga a cargar una roca que jamás lograremos subir hasta la cima de la montaña, y que siempre nos aplastará .

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