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Publicado el 16 de abril de 2018

Por ANDREA RIZZI

El ataque de Estados Unidos, Francia y Reino Unido contra el régimen sirio es un delicado ejercicio de equilibrismo entre distintos factores. En primer lugar, la necesidad de mantener la promesa de acción ante un ataque químico y a la vez reducir el riesgo de provocar una reacción rusa. La síntesis fueron 105 misiles contra tres objetivos todos ellos supuestamente relacionados con la fabricación de armas químicas. Más que en la acción de abril de 2017, cuando Washington disparó 59 misiles de crucero Tomahawk, pero menos de lo que muchos pensaban.

La ofensiva, en sí, no tiene ningún valor estratégico, no cambia la dinámica bélica sobre el terreno, no erosiona el creciente control del territorio del régimen sirio y sus aliados rusos e iraníes. Su valor se halla entre ética y estética.

En el plano ético, la clave es que el uso de armas químicas –prohibidas por el derecho internacional- no puede quedar impune. En abstracto indiscutible, la idea queda sin embargo ensombrecida por dos cuestiones: los aliados no exhibieron prueba de la responsabilidad del régimen de El Asad en el ataque químico; y no tenían aval de la ONU (claro está, por el interesado veto ruso).

La acción occidental parece inspirada a ese célebre pasaje de la ética aristotélica según el que toda virtud es un medio entre extremos. Entre permanecer de brazos cruzados y un ataque sustancial a la infraestructura del régimen, optaron por golpear solo tres instalaciones nada más. Esto no daña a El Asad y no constituye un golpe realmente disuasorio. Así que también aristotélica parece su concepción de virtud: como medio para alcanzar otro fin, y no como fin en sí mismo (tal y como es en la visión cristiana).

Y el fin de los aliados occidentales parece principalmente estético. Quisieron en primer lugar hacer ver al mundo que mantienen su palabra. Que si establecen una línea roja –el uso de armas químicas-, la defienden. Que no les tiembla la mano. Tanto Trump como Macron se habían manifestado en ese sentido y ahora han actuado en correspondencia, a diferencia de Barack Obama en su momento.

Así, el ataque parece estudiado para mantener esa palabra ante la platea mundial pero reducir el riesgo de represalia de Rusia, en primer lugar, y de Irán en segundo. Las autoridades rusas han avisado abundantemente a lo largo de la semana pasada que una acción militar occidental tendría consecuencias. También dijeron que utilizarían en ese caso sus defensas antiaéreas y que contemplarían incluso atacar las fuentes del ataque. No hicieron ni lo uno ni lo otro.

Entre los dos aspectos, el ético y el estético, la sensación es que el segundo es preponderante. Lo que está en acto es un gran pulso de potencias, una guerra de imagen en el tablero geopolítico mundial. La superioridad militar occidental sobre Rusia es enorme. Pero la disposición a actuar (y, en su caso, sufrir) es un factor esencial que altera los equilibrios abstractos.

EE.UU., Francia y Reino Unido han mostrado que están dispuestos a actuar. Pero fue un ataque cosmético. Rusia seguirá siendo el referente principal en Siria.

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