Rocío Arango Giraldo
Columnista

Rocío Arango Giraldo

Publicado el 20 de marzo de 2018

ADIÓS A MI HÉROE

El miércoles de la semana pasada murió el destacado físico británico Stephen Hawking, catalogado por muchos como uno de los grandes genios de la humanidad, pero que para mí era más allá de un héroe. Murió a los 76 años, como 50 años más desde cuando le pronosticaron tres años de vida en el diagnóstico de una enfermedad neuromuscular altamente degenerativa conocida como ELA: Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Desde que estaba pequeña mi papá nos infundió a mi hermano menor y a mí, la admiración por el reconocido científico y quien por encima de sus propias limitaciones logró consolidar un proyecto de vida para la ciencia, “Una vida para la Ciencia”, es como titula su biografía publicada en los 90. En el libro el profesor Hawking cuenta cómo fue superar su diagnóstico. Así que cuando nos diagnosticaron a nosotros una enfermedad neuromuscular, el doctor Hawking se convirtió en un héroe y su ejemplo en nuestra inspiración: «Recuerda mirar a las estrellas y no a los pies», es una de sus frases inolvidables.

Él vivió para algo y no sólo por algo. Resulta muy paradójico que alguien que no tenía voz, haya logrado hacer de la ciencia un asunto de todos. Cuando se preguntaba por el éxito en venta de sus libros, solía decir que quería que fueran vendidos en kioscos de aeropuerto para que todas las personas pudiesen leerlos

Como científico revolucionó la manera como los seres humanos entendemos el universo. Como hombre puso en evidencia que los límites están en la cabeza y las limitaciones son las interpretaciones que hacemos en nuestra vida de los límites.

Desde 1985, cuando fue conectado a un respirador mecánico después de sobrevivir a una neumonía, sus posibilidades para hablar e interactuar con los demás era a través de un equipo de cómputo que traducía las palabras seleccionadas en voz.

Esto me permitió entender la importancia de apropiarme de mi diagnóstico para conocer mis límites, y potencializar mis capacidades. Con su ejemplo aprendí a echar mano de los avances de la ciencia y la tecnología para tener una mejor calidad de vida.

Siempre lo dijo: «Mientras haya vida, hay esperanza». Aunque el profesor siempre tuvo la perspectiva de la muerte desde que fue diagnosticado, él decía que no tenía tanta prisa de morir porque hay mucho que hacer primero.

Es una pena para la Academia Sueca que nunca hayan tenido el privilegio de entregarle el premio Nobel de Física, porque a él nunca le hizo falta ése premio.

Hoy sólo puedo decir: adiós a mi héroe.

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