Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 17 de julio de 2017

AHORA, LA PAZ DE LOS LÍDERES DE OPINIÓN

El expresidente y senador Uribe es muy imprudente. A veces no mide sus palabras. Ese ha sido su Talón de Aquiles. Casa peleas innecesarias con rivales con los que puede nivelarse por lo bajo en la inferioridad argumental. Es obvio que no le ayude a sostener su amplio prestigio si el carácter fuerte se confunde con una vocación pendenciera. Debería retractarse de la acusación desaforada que le lanzó al humorista bogotano Samper Ospina al señalarlo como violador de niños.

Numerosos colegas de la capital han firmado una carta de solidaridad con el sobrino del exmandatario Ernesto Samper. A ellos se han unido muchos neoescritores de Facebook y Twitter, incluso con términos ultrajantes que deslegitiman cualquier expresión escrita y publicada, como las que abundan en las mal llamadas e incontrolables redes sociales, que, en tales casos, se vuelven antisociales. El uso de medios y plataformas de difusión por cualquier ciudadano ha marcado una apertura cuantitativa de los canales democráticos, pero, por paradoja, una degradación irritante de la calidad intelectual de las discusiones.

Es hasta saludable, por higiene mental, abstenerse de emitir opiniones sobre asuntos políticos, o hacerlo con máxima prudencia, para evitar la arremetida de las barras bravas que no duermen cuando se trata de agraviar a quien cataloguen como contradictor. En Colombia todavía estamos en pañales en materia de cultura de la discordancia. Se irrespeta al que se oponga y se le imponen todos los rigores de una suerte de tribunal de laica inquisición, montado por extremistas de la derecha y la izquierda, unos y otros fascistas y totalitarios.

La exhortación a la mesura, al respeto de la discordancia y de quien discuerde, que se ha renovado con motivo de la exagerada nota de Uribe, debe comportar una invitación general, que no tiene por qué referirse sólo a los otros, sino también a los unos. El detonante de este nuevo episodio ha sido un artículo fastidioso, repelente (por decir lo menos) del humorista Samper, en el que se burla de los antioqueños. Algunos lo celebraron como una gracia, otros lo replicaron y la mayoría lo ignoró. Por hacerle dar rabia al expresidente no tenía por qué ofender a nadie.

Este preludio del nuevo debate electoral debería propiciar la asunción de responsabilidades con la paz por todos los líderes de opinión, políticos, candidatos, militantes, usuarios de las llamadas redes sociales, periodistas y comentaristas y, en fin, de todos los que usufructuemos el derecho a opinar. Todo puede y debe decirse, pero con dignidad, con respeto por los contradictores, si es con humor que sea fino e inteligente, con argumentos que eleven la calidad de la controversia. Sin visceralidad y sin echarle más leña al fuego de “los queridos viejos odios nacionales”.

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