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Publicado el 16 de agosto de 2018

“AND THE OSCAR GOES TO... EL QUIJOTE”

Por ANTONIO JIMÉNEZ BARCA
redaccion@elcolombiano.com.co

Hace unos días, la Academia de los Oscar anunció que a partir de 2019 creará una nueva categoría de premio: la mejor película popular. Es una forma de tratar de ganar espectadores por el declive progresivo de la audiencia de la ceremonia, que cada vez, por lo visto, interesa menos.

Da la impresión de que la Academia se ha metido, entre otros, en un lío estético. Porque existe el premio a la mejor película que no esté en inglés, o el de la mejor película de dibujos animados (largometraje de animación, en la jerga). Ambas categorías remiten a algo demostrable. Pero, ¿cómo se mide lo popular? ¿Por el número de entradas vendidas?

Pongamos que la Academia de Hollywood establece que, para poder optar al premio de la mejor película popular, es necesario haber vendido un número determinado de entradas. Si esa es la premisa, ¿qué sentido tiene el premio? ¿Por qué no se lo otorgan a la que más entradas haya vendido? ¿No será esa la más popular? “Sí”, responderán los de la Academia, “pero no se trata de elegir la más popular, sino la mejor de entre las más populares”.

No les falta razón. La popularidad puede ser mensurable, aunque varía de una época a otra, incluso de un año a otro. Y esta no va relacionada necesariamente con la calidad estética. Las películas más taquilleras —más populares— de los últimos años no pasan por lo general de malas copias de videojuegoss ideadas para preadolescentes, que son los que de verdad van al cine, llenas de ruido, chatarra y palomitas. Pero eso no siempre fue así, no tiene por qué ser así.

Una secuencia de Amadeus —una buena película popular— recrea bien el estreno en Viena de La flauta mágica, de Mozart: niños en la platea junto a sus madres, espectadores comiendo un bocadillo mientras asisten, embobados, a la representación, aplausos a destiempo, risas, el público cantando en pie, acompañando a los artistas. Un ambiente más parecido al de un concierto actual de una banda de rock en una plaza de toros que al de un teatro de ópera en el siglo XX o XXI.

El conde de Montecristo fue concebido y vendido como un folletín. John Ford, para muchos el mejor cineasta de todos los tiempos, se consideraba un artesano y no un artista. “Me llamo John Ford y hago wésterns”, decía, como declaración de principios y de vida.

Y muchos de los primeros enamorados de El Quijote no sabían leer o no lo leyeron: lo escuchaban en las ventas, que eran las cafeterías de la época, leído por otros que sí sabían o que sí tenían un ejemplar. Después llegarían los especialistas y los filólogos a excavar durante siglos en ese libro sin fondo. Pero el origen es ese: un tipo leyendo en voz alta a un círculo de gente callada.

A Cervantes, que suspendería ahora cualquier examen universitario sobre Miguel de Cervantes, que no entendería muchas de las interpretaciones que se hacen de su obra, que se encogería de hombros o saldría corriendo al enterarse de otras, no le importaría que incluyeran su Quijote en la categoría de los que optan al Oscar a la mejor película popular.

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