P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 14 de agosto de 2017

¡Ánimo, no temáis, soy yo!

Escuchar estas palabras de Jesús, en su Evangelio hoy, se convierte en motivo de esperanza y consuelo para estos tiempos en la vida del mundo y la Iglesia.

Hace poco terminamos un siglo que soñábamos haber vivido con más paz y posibilidades de mejorar nuestras condiciones de vida para todos, por sus logros a nivel social, científico y cultural. La verdad, no fue así. Por muchas circunstancias, y de forma inexplicable, fue todo lo contrario: concluimos dolorosa y penosamente un siglo, con un crecimiento exagerado de múltiples brotes de guerra, violencia y terrorismo. Un mundo en sombras y duelos de muerte, en muchos ámbitos, que suponíamos superados por nuestros alcances. De otro lado, comenzamos un nuevo milenio, con “muchas ilusiones”, sí; pero ya desde sus comienzos sigue dejando rostros de terror, muerte y destrucción de la vida del ser humano, y de su medio: nuestro planeta.

Para nosotros, cristianos-católicos, al mirar la vida de la Iglesia, el panorama presenta indicadores semejantes. Altos índices de crisis de sentido, de fe y coherencia, que hacen que nos sintamos en la barca como los discípulos de Jesús. Paralizados por el miedo al brutal oleaje de los tiempos y por no tener seguridad ni confianza en el Señor Jesús, al que con dificultad reconocemos, o le vemos con temor porque creemos, como ellos (discípulos): ver “un fantasma”.

No tener crisis, no es indicativo de estar bien en la historia o camino de un ser humano. Pero el miedo a la vida, el desgano por vivir, por el sentido de todo, constituyen un escenario simple de estupor y desconcierto que mina todo sentido y gusto trascendente del vivir.

En estas circunstancias, resulta evidente que el “brillo pasajero”, deslumbrante, de tantos logros de esta vida material y humana, concluyen con ella. La dimensión de trascendencia y sentido profundo del vivir, se tornan difusos, parecería verse solo un fantasma. El ruido y los gritos de todo orden, circunstancia y personas a los que nos hemos acostumbrado, hacen desaparecer del horizonte humano: el silencio profundo, la dimensión de la contemplación, la capacidad de discernimiento para poder encontrar la voz de Dios y del Espíritu, que ciertamente no está en el ruido del trueno de tantas convulsiones, hoy.

Como Elías en la montaña de Dios, en el desierto... lejos del ruido y de deslumbramiento de muchas “apariencias”. En el susurro suave de la brisa y en la profundidad del silencio... re-encontraremos el verdadero sentido de nuestra vida, su original y definitiva orientación. Como los discípulos en la barca, acompañados por el entusiasmo y fuerza de la fe de Pedro, podremos escuchar, en medio de tantas experiencias que nos cercan y sacuden como oleaje bravo y oscuro hacia abismos de muerte, la voz de Jesús, como la verdadera voz de Dios, para el mundo y para nosotros en estos tiempos: Ánimo, no temáis. Soy Yo.

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