David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 08 de enero de 2019

Aplausos al diablo

La posesión de Jair Bolsonaro como nuevo presidente de Brasil, con toda su parafernalia militar, sus risitas amenazantes y sus frases machistas y xenófobas, se vio desde Colombia como una oportunidad para exacerbar posiciones políticas internas. Como un espejo en el que cada quien distorsionó la imagen del contrario a su acomodo y como un juguete ideal para ahondar en la división nacional.

Es atemorizante ver cómo el uribismo se plegó sin amagues al discurso de odio. Desde su cuenta de twitter el senador y expresidente Álvaro Uribe aseguró que Bolsonaro representa la oportunidad de un “avance muy positivo en Brasil” para “contrastar” los mandatos de Cuba, Venezuela y “la peligrosa insipidez doctrinaria de la marrulla de Juan Manuel Santos”. La idea de un mal como muralla para un mal peor.

Una generalización tan burda que cae por su peso. Porque sin más -sabiendo que hay mucha distancia programática entre La Habana y Caracas y lo que fue Bogotá hasta la mitad del año pasado- hizo una mezcla delirante de personajes cuya mayor similitud radica en que son todos sus enemigos políticos. Pone a Bolsonaro como ejemplo de lucha contra lo que aborrece él, sin importar lo vomitivo que guarda el discurso del brasileño. Lo convierte en su nuevo amigo: aquel que resulta de la suma de sus enemigos.

El uribismo ve esperanza donde buena parte del tablero geopolítico acusa pánico. Lo que para una mayoría del hemisferio son señales de alerta (contra la democracia, contra las minorías, contra la estabilidad de la región), son para el partido del Gobierno colombiano gazapos menores que pueden pasarse por alto, siempre y cuando el resultado sea el fortalecimiento del giro a la derecha del continente.

Es un juego con candela que no nos resulta ajeno porque la búsqueda del poder -o su intento de permanecer en él- habilita esos saltos en la coherencia. Lo hizo también la izquierda con el chavismo y aún hoy le cuesta soltarle la mano. Para la derecha, dentro de poco, el lastre será Bolsonaro.

Por ahora, los matices importan poco y uno se cuestiona si realmente existen. No resulta muy difícil imaginarse que, para el conservadurismo recalcitrante colombiano, en coincidencia con el brasileño, este mundo descarriado requiere el regreso del orden desde la esencia más íntima de las cosas: que los niños vistan de azul y las niñas de rosa.

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