Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 10 de octubre de 2018

Aquí, ¿alguna vez habrá paz?

En medio de esta masiva migración venezolana, que tiene no solo a Colombia en calzas prietas por la carencia de recursos para afrontarla con oportuna prodigalidad, el país no puede soslayar las cifras sobre el desbordamiento del cultivo, consumo y exportación de droga. Una nación inundada de coca, con bosques destruidos para sembrarla y una juventud altamente contaminada de su consumo.

Entre el 2012 y el 2017, los cultivos ilegales aumentaron en un 200 %, cifra que revela el consejero para el posconflicto. Eso arroja hoy un total de 210 mil hectáreas sembradas. Los más optimistas las calculan en 180 mil. Todas cifras escandalosas.

Dice la Onu que una de cada tres hectáreas que en 2017 eran bosques, hoy están ocupadas por droga. “Estamos sufriendo una deforestación terrible”, grita el ministro de Defensa. Crece y crece la tala de árboles como la espuma. No olvidemos que el gobierno anterior sacaba pecho para decirle al mundo que estaba haciendo su erradicación con efectividad. Cañazos y cañazos de un gobierno mitómano.

El país se ahoga en la drogadicción de sus propios ciudadanos. Juan Gossaín revela que “aquí hay 500.000 drogadictos”. Y agrega: “con el crecimiento de las siembras de narcóticos, el problema de la violencia se ha agravado para la población rural. La Unidad de Víctimas reporta 8 millones de desplazados”. Y lo peor falta: “el 85 % de las madres desplazadas son cabezas de sus propias familias”. Se construye una sociedad frágil.

Pero las cifras se vuelven más escandalosas cuando vemos que la misma Onu puntualiza que en las zonas cocaleras, “el 68 % de los niños no van a la escuela”. Y no asisten por diversos motivos, “como la inseguridad, el miedo o porque deben trabajar para producir alimentos y hasta por sembrar coca”. Una Nación formando ciudadanos desechables.

El alcalde de Medellín denuncia que “el 90 % de la droga que sale del Cauca y llega a Medellín es para su consumo interno”. Droga que sirve de combustible para incrementar el delito y darle manivela a la inseguridad, creada por, “las 79 organizaciones criminales que operan en esta capital, y 220 en el área metropolitana”, según estadísticas reveladas por la presidenta del Concejo de Medellín. Con el agravante de que esas cifras serán pálidas sombras de las que arrojará un estudio elaborado por dos prestigiosas universidades –una norteamericana y otra antioqueña– en donde se revelarán datos escandalosos sobre milicianos, inseguridad y cadenas de corrupción que operan en esta capital. Cuando salgan no quedará sino repetir con el poeta cartagenero: “Diablos, estas cosas dan ganas de llorar”.

En este océano de droga, la violencia crece. Ella es el combustible de la guerra. Es lo que no ha dejado, y difícilmente dejará, que Colombia algún día respire un aire de paz. Y menos lo respirará mientras asimismo haya 27 millones de adictos en los Estados Unidos que consumen 160 toneladas de coca al año. Es el círculo vicioso que deja muchas dudas sobre la eficacia con que aquí en Colombia se combate la producción, y en USA se enfrenta su consumo.

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