Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 05 de septiembre de 2018

Aviones

Llegas a la sala de espera del aeropuerto José María Córdova y te encuentras con unos amigos, viajarán en tu vuelo a Madrid. Se supone que volarían el día anterior con destino a Estambul, pero Avianca canceló el itinerario: perdieron la conexión, un día de hotel y de vacaciones laborales.

Llaman a abordar. ¡A tiempo! Descubres que el avión no es de Avianca, el operador es la línea aérea española Wamos.

Se abre la caja de Pandora: te espera un vuelo trasatlántico sin entretenimiento a bordo. O sí, de dos tipos: una fila de pantallas suspendidas –cuyo tamaño no supera la de un computador personal– presenta la misma película. Una pantalla por cada cinco filas de asientos. La segunda opción es usar tu celular o iPad cargado o con batería externa y conectarte al wifi del avión. Cuesta elegir entre tanta basura. Los asientos no tienen conexión para recarga, la aerolínea provee lugares colectivos.

No hay dónde recargar la paciencia. (Alabadas sean la liviandad y el aislamiento del libro electrónico, piensas).

Con impotencia, observas la angustia de quienes viajan con menores de edad.

Después de varias horas de vuelo, cinco señoras de unos setenta años se reúnen en la parte posterior del avión para descansar las piernas y tomar agua. Un aeromozo las regaña: “No podéis estar tantas acá: ¡no tengo mascarillas de oxígeno para todas!”.

¿No sería más fácil si les ofrecieran hidratación a los pasajeros?

Antes del vuelo de regreso, tu noche es intranquila: piensas en Avianca, en su “servicio esencial”. Una vez en Barajas, vuelve y juega: cambio de operador. Rumbo al avión, te conducen a un bus parqueado en la pista. A 39 grados veraniegos, sin aire acondicionado, permaneces durante más de veinte minutos apiñada entre decenas de pasajeros. Varios ancianos aguardan de pie. Todavía les espera el ascenso a la aeronave por una escalera metálica. Y, claro, diez horas de vuelo.

Pero cualquiera de esas historias palidece ante la de Mimi Yagoub. La joven periodista viaja desde Medellín a un congreso en Túnez. Afora su morral de montañista, recibe el pasabordo con el adhesivo que identifica su vuelo y equipaje. A punto de ingresar al avión, le informan que ha sido ascendida a primera clase: ¡bravo!

Aterriza en Madrid. Su morral no aparece. Sin asomo de vergüenza, el personal en tierra le explica a Yagoub que su equipaje fue retirado en Colombia “por exceso de peso en la aeronave”.

Si no aceptaran maletas pasadas de kilos –y cobrando dinero a sus dueños, infractores de la norma–, no se pisotearían los derechos de los viajeros que sí respetan la balanza.

Veinticuatro horas después, el morral llega a Túnez con etiqueta de un vuelo procedente de Bogotá.

No fue una huelga de pilotos ni su posterior despido lo que está haciendo pedazos a Avianca... es la soberbia de Germán Efromovich, lo que parece desmoralizar una tradición, una historia empresarial significativa para muchos colombianos.

Acumular millas pasó de ser una ilusión a una penitencia. El monopolio de ciertas rutas ata las manos de los viajeros. Duele ser testigo de este ocaso.

Y es que las formas (del servicio, las comunicaciones, el trato humano) definen la dirección administrativa de Avianca: ¡aviones!.

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