Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 13 de enero de 2018

Breve elogio de la casa

En el pasado el censo era una ocasión propicia para redescubrir la casa, ya que había que estar recluidos en el hogar para recibir a los empadronadores.

En términos generales, el nuestro es un pueblo extrovertido, que vive de puertas para fuera, eterno fugitivo de la intimidad familiar. Por lo que sea. Porque el trabajo sacrifica el sentido hogareño; por la cultura machista que propicia la cotidiana evasión del padre y el implacable encarcelamiento de la mujer a las labores domésticas; por el desarraigo familiar, que hace que los hijos tengan la casa como un simple punto de referencia del que mejor es estar ausentes. En fin, la casa como prisión, como hotel o como simple dormitorio.

La anterior afirmación, que seguramente estará avalada por las excepciones que confirman la regla, no quiere tener un valor moralista ni de simple acotación sociológica o sicológica. Quiere ser, apenas, un punto de apoyo reflexivo para invitar al lector a un desprevenido ejercicio de intimidad.

Para que haya un mínimo de la imposible felicidad que buscamos en la existencia, hay que empezar por amar el lugar donde vivimos, ese que llamamos casa y que no tiene sinónimos. La casa es la casa. Respire calmadamente y déjese penetrar por el aire de ternura que llena el espacio hogareño. Esa ternura que se pega a las paredes o que se echa en los rincones como un perro fiel. Ternura por todas partes, enredada en las cobijas, en el recuerdo de los ausentes, en los dolores y tragedias que siguen ahí, persistentes. La ternura de los gozos, de las alegrías, de los amores que luchan por no marchitarse.

Todo en la casa es ternura. La casa es, ella misma, ternura. No la ternura como sentimiento enfermizo, sino como vitalidad presente, pujante. No la endeble, aunque bella, ternura de las postales desteñidas, de las fotos amarillentas, sino la ternura de los rostros vivos que se miran, de los cuerpos que se buscan, de las cosas que se comparten, del techo que cobija a la familia.

Redescubrir la casa. Un buen ejercicio para un día de censo, así ese sentido de hogar, de familia reunida, se vea en cierta forma “desvirtuado” por la metodología “virtual” del empadronamiento. Porque en el fondo, no basta averiguar cuántos, qué y quiénes somos los que vivimos en esta casa, sino que se dé un reencuentro con la ternura.

Esta es mi casa. Aquí vivo, aquí amo y aquí lloro. Y aquí leo, aquí grito, aquí río y aquí canto. Y aquí he de morir, seguramente

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