Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 01 de agosto de 2018

Cargados de tigre

Este país no tiene tregua. Pasa del sobresalto a la encrucijada, del galimatías al desespero. Lo acribillan desde los micrófonos, le ponen barricadas en las calles. Vociferan los juristas defensores de lo indefendible, claman los acusados jabonosos, hablan los presos elásticos, susurran los buenos muchachos de cara cortada.

“Entre tantos mafiosos, abogados de mafiosos, testigos de mafiosos, ya perdí el hilo del caso”, escribe una tuitera en quince palabras que compendian el desenfreno de la adrenalina colectiva.

Los alaridos pujan por incrustarse en medio del buen talante que tanto le ha costado preservar a la mayoría de la población asediada. Es preciso desconectarse, para desayunar o almorzar sin que el estómago siente su protesta. Convendría una vasta campaña de desintoxicación nacional, antes de que lleguemos al apocalipsis de entre casa.

Se creía que el fin de la guerra con la subversión más pesada llevaría a la desocupación de los consultorios siquiátricos, así como llevó al vacío de los hospitales verde oliva. No hubo tal.

Hoy la cosa está de volverse locos. Colombia es un campo regado de bilis. Al principio únicamente un individuo proclamó estar cargado de tigre. Ahora todo el país se cargó de tigre. El cultivo de la mala cara y de la palabra maldita creció, floreció, se plagó de frutos afligidos.

La ponzoña no ha sido de tipo jurídico ni ético ni siquiera político. No, el veneno es por entero cultural. Penetra los intersticios de las células que componen la personalidad de cada ciudadano y por tanto de la sociedad. Estamos estragados de civilización, demolidos en las bases de lo que es humano.

¿Cómo recuperar la migaja de solidaridad que todavía bullía hace dieciséis años? ¿De qué manera regresar a la inocencia que hoy escasamente brilla en los niños? He aquí el oficio para los nuevos encargados estatales de las artes, los salones escolares, las letras del reguetón, los criterios sobre la relación entre ética y derecho.

La cultura es la dimensión libérrima de los hombres, pero las políticas estatales deben garantizar el oxígeno respirable para los creadores. Desintoxicar el país es proponer nuevos ademanes, dar ejemplo en el uso de lenguajes con abrazo, convocar a los culpables a no incendiar y a dejarse incluir en la resolana del fogón que ha dado calor y nutrición a los colombianos de siempre.

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