Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 14 de agosto de 2018

Chicanear con Cartagena

Cada vez que alguien quiere chicanear con Colombia, ¡pum! saca la carta de Cartagena con la que va a la fija. ¡Semejante muralla, ese castillo de San Felipe tan bonito y ni se diga de la belleza de esas callecitas y casas coloridas de su centro histórico!

Es una verdad de apuño que Cartagena tiene un encanto particular. De hecho, la ciudad se convirtió en la puerta de entrada del mundo a Colombia. Allá llegan cruceros llenos de turistas, allá hacen películas de Hollywood y sus luminarias se toman selfies con la gente, allá llegan mandatarios de otros países y líderes globales, allá, sí, allá en Getsemaní, Hillary Clinton fue a bailar salsa; allá se hacen congresos y cumbres internacionales con los grujes de cualquier cosas y allá uno que otro extranjero hace su fiesta de matrimonio con muralla y atardecer rojizo para exprimirle la magia al exótico Caribe. Y de eso sí nos enteramos.

Pero allá también hay otra realidad de la que no nos enteramos. Es la realidad de puertas para adentro. A Cartagena se la están tragando las dinámicas perversas que denotan una iniquidad bárbara y un montón de problemas. Adentrarse a sus barrios en las laderas del cerro de la Popa, ir a sitios como el Pozón, el Hoyo o Nelson Mandela, es vivir al límite. Falta de servicios públicos, tugurios, fronteras invisibles, pandillas que reclutan a jóvenes desesperanzados y pervertidos buscando a las niñas para convertirlas en carnadas sexuales, es pan de cada día.

Suena feo ¿cierto?, pero ¿qué podemos esperar si el 29,1 % de su gente vive en condiciones de pobreza y el 5,5 % en extrema pobreza? Lo dice el informe Cartagena Cómo Vamos, con el cual se puede concluir que la ciudad no va nada bien.

Cartagena Cómo Vamos deja entrever que la mata de los problemas está en la falta de credibilidad en las instituciones. Ah, pero cómo hacemos, pues, si la ciudad ha tenido 10 alcaldes en los últimos siete años y permanentemente se destapan ollas podridas en las entidades responsables de su progreso. Como no hay gato, los ratones hacen fiesta. Entonces, no se aterren cuando aparecen las madame, los proxenetas y todo lo que hay ahí envuelto: microtráfico, lavado de dinero, explotación sexual, delincuencia común, trata de personas, corrupción, en fin.

Lo que da guayabo es que muchas personas tratan de revertir esa triste realidad para que la ciudad levante y salga del hueco en el que está, pero sus esfuerzos se ven diezmados con todo lo maluco que pasa. Ojalá que su voluntad sea a prueba de todo, porque se necesita con urgencia ganarle la batalla a la desidia de aquellos que le sacan el cuerpo a su obligación de construir una ciudad más sostenible e incluyente.

No se le olvide: cuando chicanee con Cartagena, recuerde que está tapando un desastre social. Usted verá cómo maneja el asunto.

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