Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 15 de septiembre de 2018

Chicos Borrados

No podemos decir que vivimos en una sociedad adulta, madura, hasta que dejemos de permitir que otros sean borrados por el simple hecho de pensar o ser distintos. Las ansias que el encuentro con la diversidad genera son síntomas de una patología que se puede volver también social. El fascismo, en el fondo, es la expresión ideológica de esta patología social.

Utilizo la palabra fascismo de acuerdo con la definición que dio el historiador Yuval Noah Harari; o sea aquella condición en la cual un grupo de personas se siente superior, o incluso supremos. No es solamente una manera de ver el mundo, sino también de relacionarse con el otro. En la condición fascista los únicos que importan son los que pertenecen al grupo de uno. Lo otros, en el mejor de los casos son ignorados, o hasta borrados.

Ahora, el fascismo contemporáneo no se manifiesta siempre y solo en el caso de un genocidio, que además es la intensificación de prácticas que se han venido construyendo e implementando en el tiempo. Existen prácticas que son casi imperceptibles, a las cuales no se da gran importancia, pero que se practican a diario, y que tienen la misma intención: borrar al otro por considerarse supremos, ignorándolo, humillándolo, o hasta matándolo.

Le quiero dar un ejemplo colombiano de lo que estoy escribiendo. Es un episodio grave que les pasó a dos jóvenes homosexuales en una playa de Cartagena de mano de unos oficiales de la policía de turismo. Quien me contó el episodio fue Cristóbal Pesce, un YouTuber de 19 años, de origen chileno, que ahora vive en Colombia, con la pasión por la cocina. Un ser absolutamente inocente.

“Estábamos en una playa frente de Bocagrande”, me cuenta Cristóbal. “Dos policías de turismo se acercaron mientras estábamos hablando con un vendedor ambulante. Cuando la policía empezó a tratarlo mal mi amigo Roberto lo defendió”. Fue entonces que los dos policías empezaron a tratar a Roberto y a Cristóbal como a dos peligrosos criminales. A Roberto lo tiraron al suelo, lo esposaron, y hasta lo amenazaron con un Taser. A Cristóbal le retuvieron la cédula de extranjería, y se lo llevaron a la estación de policía. Hay un video que documenta el episodio.

“Mientras nos trasladaban, los policías nos ultrajaron”, me cuenta Cristóbal, a quien le tocó escuchar frases como “Les falta ser hombres”. “Ahora sí vas a ver que son los métodos de tortura”. “Acaban de saber que es ser hombres”. Hoy Cristóbal y su amigo tienen marcado en su conciencia el sentir que alguien los quiere borrar. Experimentaron lo que pasa cuando alguien se siente supremo. Más grave aún, en este caso se trató de oficiales que representan la institucionalidad, y sin sufrir alguna consecuencia por su abuso de poder.

Cuando le pregunté a Cristóbal, qué conclusión sacó de esta experiencia me dijo, “Hace falta mucha más empatía, sentir el respeto por cada uno”. No solamente me pareció una respuesta noble, sino también poderosa. Porque donde hay empatía y respeto, no puede haber miedo. No hay supremos. No puede haber fascismo.

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