Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 14 de febrero de 2018

Claro que es un peligro

Ha dicho con toda razón Henrique Capriles, uno de los líderes de la desperdigada oposición venezolana al gobierno de Maduro, que este, “mientras permanezca en el poder constituye un peligro para la paz en Colombia”.

A Maduro, el sátrapa vecino, le dio mucho juego y confianza el presidente Santos. Puso en sus manos buena parte del proceso de paz habanero. Fue su nuevo mejor amigo, hasta que aquel, en una rabieta propia de los bipolares, lo mandó a freír espárragos. Y después le ha encimado toda clase de agravios, sin ahorrarse ninguno en su bien surtido diccionario de procacidades.

Colombia está en calzas prietas para afrontar la desordenada migración venezolana. Carece de capacidad económica para asimilarla. El país entretenido con el debate electoral, agobiado con la escalada terrorista de la subversión y la invasión de bandas criminales que azotan y superan la capacidad de las fuerzas de seguridad del Estado, no ha tomado conciencia de lo que le puede ocurrir, en su ya aguda inestabilidad social, con este éxodo de venezolanos para saciar la hambruna.

Cuando tantos colombianos migraron a Venezuela, este era un país rico y en democracia. Ahora en reciprocidad los venezolanos llegan pero a una Colombia con una economía maltrecha, con unas desigualdades sociales agresivas, con una inseguridad urbana aterradora y, sobre todo, con unas perspectivas políticas oscuras, que podrían replicar el modelo populista con el cual los vecinos del éxodo han fracasado.

De Venezuela hace tiempos se fue la democracia. Solo quedan el humo y los relámpagos de los fusiles. Maduro, dictador, atropella toda clase de derechos, deberes y legitimidades. Y sin perspectivas de bajarlo de su pedestal de cartón y mentiras, a través de elecciones libres. Solo el Ejército estaría en capacidad de derrocar al Gran Caporal. Sin su intervención, dado el fracaso e indiferencia de la comunidad internacional y el descalabro de la oposición civil, difícilmente habrá cambios en el sistema institucional venezolano.

Lo grave del asunto y que hace que de pronto Venezuela sea la segunda Cuba del continente, en durabilidad y crueldad del sistema, es que la cúpula militar se lucra y forma parte del régimen. Y como lo dice Capriles, “está muy corrupta”. Está involucrada en todos los saqueos al erario. No hay negocio sucio en donde no estén implicados los altos uniformados, con la boca llena de dólares y prerrogativas.

De no auspiciar lo sano del cuerpo del Ejército el cambio institucional –como sí lo hizo en Colombia hace 60 años contribuyendo a la caída del dictador Rojas Pinilla– es prácticamente imposible levantarle la condena al pueblo venezolano de seguir con su propio calvario, que lo tiene asfixiado en medio de la escasez y de la indignidad.

Venezuela, mientras persista Maduro y su corte de corruptos, es un permanente peligro no solo para la concordia de los venezolanos sino para la paz en Colombia. De encima, es refugio de las cabezas de la subversión que siguen haciendo estragos en la sociedad colombiana.

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