Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 30 de julio de 2018

Colombia, tu Sed de venganza

Este es un país llagoso. Que queda a una distancia abismal del perdón y la reconciliación. De gente que se ha identificado durante una centuria con la solución violenta de los conflictos. Qué digo violenta, más bien carnicera, de los hondos problemas de intolerancia y desigualdad que padece. De terranientes furiosos con el abigeato, capaces de arrasar un pueblo por diez vacas. De despojados que sueñan descabezar a los oligarcas, a los expoliadores, a los acaparadores de la tierra y “los medios de producción”.

Es ese lugar donde puede hacerse una lista grande y rápida de voluntarios para colgar a Timochenko o aquel donde hay cientos que se frotan las manos porque llegue el día en que Álvaro Uribe salga esposado a responder ante la Corte Penal Internacional por los delitos de lesa humanidad de los que se le sindica en varios expedientes judiciales. Pero ni llevar al exjefe de las Farc al cadalso, por sus crímenes de guerra, ni ver al expresidente con grilletes y uniforme de presidiario, por los falsos positivos de su Ejército, va a colmar el deseo de venganza en esta patria desgraciada, que se resiste ferozmente a darse una “segunda oportunidad sobre la tierra”. Que cada día repite, reedita aquella obsesión por una cuota de sangre y cárcel perpetua para los inspiradores de ideas extremas, de fanáticos pueriles, de sicarios implacables bendecidos por la Virgen.

La utopía realizable de la Colombia contemporánea es el perdón. Debe serlo para poder desarmar las voces que se desgarran cuando hablan del enemigo. De la guerrilla, de los paramilitares, del ejército oficial cómplice tantas veces de la arbitrariedad y del derecho a arrebatarnos el Estado.

Cuándo vamos a parar, a frenar, a desactivar esa bomba de odios a la que nos gusta tanto quitarle el pasador. La de los que piden una celda bajo tierra para los bandidos de la guerrilla. La de los que celebran otro folio más contra el Señor del Ubérrimo.

Su extinción o su pena no van a sanar ni a paliar las pestes de un país hundido en la sordidez de la corrupción y las mafias. Que camina como un niño agotado y sediento por los caminos olvidados de La Guajira. Que descuaja sus selvas por una pepita de oro y por un metro de pasto para la vacada.

Que a los verdugos de la humanidad los entierre la historia, los fulmine el rayo del olvido, con un trueno de vergüenza y culpa. Es su papel.

Este país no puede sumar cada día una legua más de distancia de la oportunidad del encuentro y del afecto, tirado por tantos caballos y jinetes de la ira y la discordia. A qué lugar queremos ir, a qué despeñadero nos dejaremos arrojar por una sed de venganza que solo abrasa a los odiosos. A los que buscan que Colombia se siga matando con su venia.

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