Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 18 de julio de 2018

Como en los viejos tiempos

Annus horribilis 1987. Los paramilitares distribuyen una lista con nombres de defensores de derechos humanos y profesores de la Universidad de Antioquia: uno a uno los van “chuleando” con un rojo indeleble. Los que no caen abaleados, como Héctor Abad Gómez o Leonardo Betancur Taborda, optan por el exilio, como Carlos Gaviria Díaz.

En la semana de la segunda vuelta presidencial advertí que tal vez el peor efecto del ascenso de la derecha sería el re-empoderamiento de los “guapos”, quienes se definen mediante el “es mejor pedir perdón que permiso”, los que “dan en la cara marica”. (Ofrezco excusas por la auto-referenciación).

No ha sido suficiente el asesinato de 123 líderes sociales (datos de Indepaz, del 1º de enero al 5 de julio de 2018); un blanco habitual recobra protagonismo: el periodismo. Y con lista en mano, como en los viejos tiempos.

Están amenazados el equipo de La Silla Vacía, dirigido por Juanita León; Jineth Bedoya, editora de El Tiempo; María Jimena Duzán, periodista de la revista Semana; y algunos integrantes de la mesa de trabajo de RCN radio –Jorge Espinosa, Juan Pablo Latorre y Yolanda Ruiz–.

Podríamos decir que lo más aberrante es que las amenazas tienen orígenes distintos; pero no. Lo peor es que algunos de los periodistas citados ya han sido amenazados antes. Es decir, sus nombres han rodado en varias listas.

En este caso nos referimos a periodistas que viven en la capital. ¿Qué esperar, entonces, de la seguridad de quienes residen en los territorios, que reportan día a día lejos de los centros del poder estatal, que no saben de la Casa de Nariño, y que enfrentan con su pluma y sus micrófonos a las bandas criminales y otras formas del delito?

Es preciso subrayar que el comunicado firmado por el Bloque Central de Las Águilas Negras (que además incluye nombres de activistas, líderes sociales, defensores de derechos humanos y sindicalistas), en el cual declaran objetivo militar a Bedoya y a La Silla Vacía, estigmatiza a los periodistas tildándolos de “guerrilleros”. Otra vez: como en los viejos tiempos.

¿Vamos a anclarnos en el análisis simplista de reiterar que los colombianos somos “violentos por naturaleza”?

Las amenazas y las balas son un estadio avanzado de un problema colectivo cuyo origen está en la infancia y cuya solución solemos posponer para un después que nunca llega: la incapacidad para debatir. (Esta es solo una de tantas razones para analizar).

De dónde nos vienen estas ganas de silenciar al otro es una explicación que tal vez nos pueda ofrecer Juan Carlos I, quien se dirigió a Hugo Chávez con la célebre exigencia: “¿Por qué no te callas?”.

¡¿Quién no ha repetido las palabras de Su Majestad?!

Más allá de evidenciar un talante antidemocrático, cuando el ejemplo de silenciar viene de arriba hacia abajo las consecuencias son evidentes.

A propósito, Álvaro Uribe Vélez nos tiene bloqueados a muchos periodistas. María Jimena Duzán, Jorge Espinosa y Yolanda Ruiz están en su lista.

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