The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 21 de abril de 2017

CÓMO ESTADOS UNIDOS ESTÁ PERDIENDO LA GUERRA DE LA CREDIBILIDAD

Por Antony J. Blinken
redaccion@elcolombiano.com.co

En tiempos de crisis, la credibilidad es la moneda más valiosa que puede tener un presidente estadounidense. Una cosa es que un socio extranjero dude del juicio de un presidente; es totalmente más debilitante cuando ese socio duda de la palabra del presidente.

A medida que el presidente Donald Trump se enfrenta a los retos de Corea del Norte y Siria, tiene que superar una falta de credibilidad que él mismo ha creado. Su insistencia en permanecer como el consumidor y proveedor más prominente de noticias falsas y teorías de conspiración no solo es corrosivo para nuestra democracia, sino también peligroso para nuestra seguridad nacional. Cada tuit reacio a los hechos devalúa su credibilidad en casa y alrededor del mundo. Esto importa más que nunca cuando la desinformación es un arma para nuestros adversarios más peligrosos.

Una parte del problema es que el dedo impaciente de Trump cuando se trata de Twitter no se resiste a una fanfarronada. Una serie de misivas inmaduras - “Corea del Norte se está comportando muy mal”; “Corea del Norte está buscando problemas”; si China no ayuda, “solucionaremos el problema sin ella! EE.UU.”; la búsqueda por parte de Corea del Norte de un misil balístico intercontinental “no sucederá!” - le ha dado a Pyongyang una escasa oportunidad para tomar el camino del éxito. “Trump siempre está haciendo provocaciones con sus palabras agresivas,” declaró su viceministro de Relaciones Exteriores.

La bravuconería presidencial también corre el riesgo de que Corea del Norte lo tome al pie de la letra y que como consecuencia haga cálculos con base en esto. Las amenazas de huelgas militares preventivas podrían hacer que su líder, Kim Jong-un, dispare primero y se preocupe por las consecuencias más tarde - tal vez golpeando a Corea del Sur con armas convencionales para recordar al mundo lo que es capaz de hacer, si los EE.UU. buscan eliminar su programa nuclear. Ese es un camino rápido para entrar en conflicto con un adversario volátil que tiene armas nucleares.

El presidente fue alabado, y con razón, por devolver el golpe contra el régimen de Assad en Siria por su uso de armas químicas. Pero ese golpe incitó una guerra de información en la que el presidente Bashar al-Assad y sus facilitadores rusos han buscado evadir responsabilidad por la atrocidad.

Sus tácticas van desde avanzar escenarios alternativos- por ejemplo, decir que fueron aviones de guerra americanos los que bombardearon una bodega terrorista con gas sarin- hasta decir que las pruebas ofrecidas por Estados Unidos fueron fabricadas. No sabemos dónde “fueron asesinados esos niños muertos”, dijo Assad, y añadió, “¿sí estaban muertos?”.

Putin es un máster de este juego, lanzando falsedades para confundir a consumidores casuales de noticias mientras crea una falsa equivalencia entre gobiernos y medios occidentales y los suyos.

Durante la crisis creada por la agresión militar de Rusia contra Ucrania en 2014, yo trabajé con colegas en la administración Obama para convencer a las personas en otros países de que las tropas rusas de hecho sí estaban en la región oriental ucraniana de Donbass, que Moscú estaba armando y dirigiendo a los separatistas y que fueron los separatistas, usando un lanzador de misiles traído desde Rusia, quienes le habían disparado a un avión de pasajeros de Malaysia, matando a todas las personas a bordo.

Pasamos horas negociando con la comunidad de inteligencia sobre cuál información podíamos desclasificar, vigilando evidencia de fuentes abiertas y trabajando en presentaciones basadas en hechos para nuestros aliados y los medios.

Las campañas de propaganda de Putin hicieron de nuestro trabajo una tarea más difícil de lo esperado. Pero teníamos una ficha que usualmente arreglaba el día: la credibilidad de Obama. Líderes extranjeros confiaban en su palabra, incluso cuando no estaban de acuerdo con sus políticas.

El presidente John F. Kennedy demostró el valor de la credibilidad presidencial en lo alto de la crisis de misiles cubana, en 1962, cuando mandó a emisarios a los aliados americanos para asegurar su apoyo para la cuarentena de Cuba, nombró al exsecretario de estado Dean Acheson para que tratara con el socio más quisquilloso de Washington, -presidente Charles de Gaulle de Francia-.

Cuando Acheson ofreció mostrarle imágenes de aviones espías para apoyar el hecho de que la Unión Soviética había hecho uso de misiles nucleares a 90 millas de costas americanas, De Gaulle echó arriba sus manos y dijo que no necesitaba tal evidencia. “La palabra del presidente de los EE. UU. es suficiente para mí”, dijo.

Si Trump sigue regando su propia desinformación en asuntos grandes y pequeños, cederá esa ventaja y EE. UU. será visto como cualquier otro país -que es justo lo que nuestros adversarios quieren.

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