Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 15 de agosto de 2018

Con amigos así...

Afortunado y preciso el discurso de posesión del presidente Iván Duque. No solo recordó, sin apasionamientos y enconos, la dura herencia que recibía de su antecesor, sino que le notificó al país que sobre esas frustraciones quería levantar una nueva nación, incluyente y generosa con el coraje que le trasmite su condición de hombre joven, moderno y sin resentimientos.

No hizo anuncios destemplados ni desafiantes. Disipó el temor que había, acunado por extremistas de la derecha, de “hacer trizas los acuerdos de paz”. Pero sí notificó que en lo sucesivo, ni el narcotráfico, ni el secuestro –armas preferidas de la subversión– serán considerados crímenes conexos con el delito político. El país esperaba ansioso esta notificación, que busca ponerles fin a la impunidad y a la desvergüenza patente de corso que quedó vigente en el acuerdo de paz habanero...

La justicia, esa dama que en Colombia está “toda de negro hasta los pies vestida”, la tocó como parte de lo que será su agenda de reformas. “No da espera”, señaló. Y detalló sus carencias: “La moral judicial, hacinamiento carcelario, procesos interminables, riesgo de corrupción”. Sabe Duque que si no opera la justicia, se tiene un país minusválido. Sin justicia no hay orden, no hay libertad, no hay democracia, es decir no hay Estado.

Opinamos que de lo más afortunado de su intervención, fue la reiteración de la notificación que ya le había hecho al país manzanillesco y oportunista: la de trabajar con el Congreso “sin dádivas, sin canonjías, sin mermelada, sin acuerdos burocráticos”. Confiamos que será una realidad ese propósito de enmienda, que quebrantaron sin pudor algunos gobiernos manirrotos para cuadrar sus cajas/conciencias y lograr engañosa gobernabilidad.

No podía ser el remate de su intervención más acertado cuando expresó que “tenemos el compromiso de devolverle el valor a la palabra del Estado”. Retomarla para decir las cosas sin subterfugios, sin falacias. Reivindicar al Estado, malogrado por la mentira, que lo devalúa y lo desnaturaliza. Que la palabra presidencial vuelva a ser moneda de buena ley. No mancillarla más cuando el Estado, por boca de sus presidentes, recurre a los disimulos, a las falsificaciones, regando de sospechas lo que debe ser la respetabilidad y autenticidad de un Estado confiable y decente.

Iván Duque hizo un fervoroso llamamiento a la unidad de propósitos. A superar las rencillas para hacer un país más amable y más viable. A impulsar el Pacto por Colombia, en una nación polarizada y fracturada.

Ojalá que su promesa de “gobernar libre de odios, revanchas, y mezquindades” sea un “objetivo personal irrenunciable”, una férrea voluntad nacional y de gobierno. Que pueda, no solo cuidarse de la oposición de la extrema izquierda que es inhumana por lo agresiva, sino de sus pendencieros y fanatizados copartidarios que ya dejan escuchar sus voces calenturientas para disparar fuego amigo. Y que en la medida en que se desenvuelve su misión, no tenga que repetir, con no disimulado desencanto, aquello de que “con amigos así, para qué enemigos”....

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