David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 13 de agosto de 2018

contra el odio

Querido Gabriel,

“Contra el odio”, el libro de Carolin Emcke, me inspira a escribirte, con la esperanza de que nuestras conversaciones ayuden en algo al avance del pluralismo, la inclusión y la celebración de la diversidad. Hemos mejorado, pero nos falta; esa es una de las paradojas que constituyen lo más hermoso de los asuntos sociales. Cada que hay algún progreso, es como si subiéramos a la cima de una colina, desde donde se ve mejor cuán largo es el camino que nos falta por recorrer.

Infortunadamente, nuestra política parece seguir atrapada en los tiempos y el lenguaje de campaña. ¿Por qué odiar libremente se ha convertido en una especie de derecho, en un placer incluso, para algunos? Es como si cada grupo encontrara seguridad y reafirmación en el hecho de humillar, despreciar y atacar al otro. Para colmo, las redes sociales solo exacerban y facilitan este proceso. ¿Será que invitamos a una tertulia con políticos de todos los partidos, empresarios y estudiantes universitarios, para preguntarnos cómo podemos romper ese círculo vicioso? Invitemos a estos líderes sociales a conversar. A propósito: ¿No crees que todo buen líder es, al fin y al cabo, un líder social?

Cuando estuve en la política, me gustaba conversar con gente que trabajaba desde otras orillas. Hice amigos, aprendí y compartí espacios sociales con personas inteligentes, reflexivas y comprometidas, que, según algunos estándares, deberían haber sido mis “enemigos”. Luego de los años, algunos son mis buenos amigos. Para mí, no eran más que personas de otro equipo, en la misma profesión. Al quererlos y poderlos ver de cerca, no era posible odiar a los grupos a los que pertenecían. Dirán que el amor es ciego; yo creo que permite ver con más claridad la humanidad del otro.

Dice Emcke. “El odio solo se puede combatir con la observación atenta, la matización, el cuestionamiento de uno mismo”. Nos invita a usar la imaginación, para trascender la mirada simplista del otro, y de su grupo. ¿Qué tal un discurso político y una conversación pública, que reconozcan que la construcción y la creación parten del reconocimiento de los opuestos y su encuentro? Observar, escuchar, tratar de entender al otro para construir conjuntamente y no a pesar suyo. Matizar, saber que nada es de fondo entero, nada humano es absoluto. ¿Cómo activamos la imaginación de nuestros jóvenes para que viajen con ella al interior del hogar de cada uno de esos que pertenecen al “otro grupo”? ¿Cómo sembramos en ellos la curiosidad por explorar y cuestionar, antes de juzgar?

La escritora hace un llamado para quienes vivimos en este siglo contradictorio de los progresos sociales, la abundancia, y al mismo tiempo, la desigualdad y la desconexión. Nos invita a “articular la resistencia contra el odio y el fanatismo” y sugiere pensar en un “nosotros universal”, que trascienda todos los “nosotros” tribales, fuente de violencia.

¿Qué tal comenzar la tertulia con esta reflexión?: “Una sociedad democrática es un orden dinámico con capacidad de aprendizaje, lo cual presupone la disposición, tanto individual como colectiva, para asumir errores, tanto individuales como colectivos, para corregir injusticias históricas y perdonarse mutuamente”. Complementaría: también hace falta la disposición para reconocer los aciertos, tanto individuales como colectivos, evidenciar los avances graduales, tanto propios como ajenos, para construir sobre ellos, con esperanza y optimismo.

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