Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 11 de noviembre de 2017

Conversación de dos sobrevivientes

Conozco bien al padre Nicanor. Apenas se empieza hablar de elecciones y de candidatos entra en una crisis de hastío y pesimismo que da grima. Entonces, como sé que duerme mal, voy temprano a saludarlo. El frío del amanecer es saludable para apaciguar esa sensación de estar hundido en la arena movediza de la desesperanza. Además resulta terapéutica una buena conversación mañanera, acompañada con un buen café, como el que nos sirve Mariengracia.

-Buen tinto este para remojar el pesimismo, padre Nicanor.

-Lo que yo siento, muchacho, sobre todo en las insufribles antesalas electorales, es peor que el pesimismo. Es la densa sensación de estar perdido. Puro naufragio.

-Eso, tío, nos ocurre a todos en Colombia, casi todos los días. Hablan los gobernantes, pero no les creemos, no les podemos creer, porque no estamos seguros de que estén diciendo la verdad. Es un discurso viciado en la raíz por intereses recónditos que le hacen perder crediblidad.

-Y pasa también con la iglesia, cualquiera que sea la iglesia, confesión o credo. Y te lo digo yo, por lo que me toca, con un “mea culpa” incluido, porque aunque la gente quisiera aferrarse a esa tabla de salvación, tampoco le brindamos la respuesta adecuada.

-Pues si usted los dice, tío. Es cierto, sentimos lejanos a los dirigentes, a los pastores, a los profetas, a quienes desde cualquier frontera espiritual hacen alarde de taumaturgias imposibles.

-Y mucho menos muchacho, pienso yo, nos atraen los culebreros de la felicidad. Que eso, meros culebreros que prometen lo imposible, terminan siendo los políticos. Por oscuros intereses o por la libido del poder, o al amparo de redomadas vanidades personales y confusas utopías se lanzan al ruedo electoral.

-Pero sabe qué, padre Nicanor, a mí lo que me da miedo es caer en la tentación de desertar, de huir, de aislarse, de no ver, de no sentir. Ser uno el eterno fugitivo de sí mismo, un lelo espectador paralelo.

-Bien dices, muchacho. Francamente ese es el peligro y casi que me atrevo a pedirte perdón por este negativismo mío, que tal vez te escandalice. No es fácil aceptar estar metido en la noche oscura.

-Una noche oscura que, como usted me ha enseñado, hay que saber afrontar y vivir aferrado a la esperanza.

-Sí, sobrino, y seguir siendo fieles a la utopía, a los sueños al futuro. No en el anacoretismo de las evasiones, sino teniendo el valor de un gesto, así sea mínimo, de compromiso con la realidad circundante.

De pronto el padre Nicanor se quedó callado. Conozco esos silencios suyos imprevistos y sé que lo mejor es hacer mutis por el foro, sin despedirse siquiera. Eso hice. Y cuando ya iba a cruzar la puertecita por la que se sale del corredor de su casa campesina, me dijo casi en un susurro: “El futuro empieza en el corazón de los sobrevivientes. Que eso somos, hijo, y no podemos darnos el lujo de un simple llanto impotente”.

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