Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 19 de junio de 2018

Cosas que tiran a la coquita

Una de las mejores formas que existe para disimular el desorden en una casa es tirar todo a una coquita. Vieja técnica para esconder aquello que está tirado por ahí, pero que en el fondo es consecuencia de la pereza y la desidia que hay de recogerlo y ponerlo en su lugar. La coquita sirve mucho, pero es un paño de agua tibia.

La semana pasada, el gobierno dejó entrever un problema tirado en la coquita nacional para que nadie lo viera. Se trata del crecimiento de los cultivos de coca. Un crecimiento histórico del 19 % con respecto al año pasado, que nos lleva a tener 180.000 hectáreas de coca. Eso significa que los cultivos de la mata que mata (siempre me ha gustado esa analogía) son proporcionales al tamaño de un departamento como Quindío.

Si se supone que las Farc, las misma que durante cerca de 30 años se dedicaron a blindar los cultivos de coca para que pelecharan y alimentaran las arcas de los narcotraficantes, ya no están en el mapa del conflicto, ¿por qué pasa esto?

El problema tiene que ver con el desorden creado por el gobierno al no calcular el impacto que tendrían las negociaciones de La Habana en asuntos cruciales como la materia prima del narcotráfico: los cultivos ilícitos.

Todo comienza con la decisión de suspender las fumigaciones aéreas, atendiendo órdenes de la Corte Constitucional. No usar químicos... válido, pero ¿cuál iba a ser la alternativa para que la siembra de esos cultivos no se incrementara?

La opción que el gobierno tomó fue la sustitución manual y buscar que los cultivadores voluntariamente dejaran de sembrar coca, marihuana y amapola. Y eso, a la luz de los acuerdos de La Habana, pues ¡al peluche! Lo malo es que en el país del Sagrado Corazón las cosas son de otro tenor, por una sencilla razón: la presencia del Estado en los territorios es paupérrima y pinta que se demorará bastante en llegar, porque hay una ineficiencia en la implementación de los programas diseñados para el posconflicto. Si no hay Estado, es muy difícil que las maticas desaparezcan.

El problema es que mientras se disimula el desorden tirándolo a la coquita, las bacrim y las disidencias de las Farc se llenan la barriga y fortalecen sus lazos con los narcotraficantes, quienes hoy tienen un camino limpiecito para hacer lo que les da la gana. Entonces, el problema está claro y por más que se disimule, se ve.

El gobierno prepara un plan de choque para buscar una solución que suena a “juemadre, nos toca”, para ver si se quita el problema que tanto afea la casa. Ojalá que funcione, pues de no ser así, los otros asuntos complicados van a crecer, especialmente ese que se llama narcotráfico, el mismo que degrada todo lo que toca.

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