Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 19 de mayo de 2018

Cría monstruos...

El escritor español Pedro Salinas (1891-1951), en un ensayo titulado “Laberinto de los libros”, inesperadamente para el tema, hace alusión a los monstruos. Un texto que me sirve para referirme al, a mi juicio, monstruo de Hidroituango. La teoría de los monstruos, que plantea el ensayista, se está viendo en las embravecidas aguas del Cauca. Una teoría muy simple: primero en la naturaleza, luego en las civilizaciones y hoy en la ciencia, en la tecnología, en la ingeniería y en otros campos, se crean grandes obras que bordean locuras y megalomanías. Monstruos de la razón, los llama Salinas.

“Al principio fueron los monstruos. Cuando la naturaleza se ensaya y ejercita en sus caprichos creadores, empieza por Dinosaurios; sus hijos primeros alcanzan tamaños fabulosos, dimensiones que amedrentan. La naturaleza no tiene medidas y, desmandadamente se lanza a una orgía de tentativas disparatadas, que acaban de mala manera”. El Tetrabledon es un callejón biológico sin salida. Tanto le pesa la dentadura, que, para aguantarla, el pescuezo se le mengua y se le mengua, hasta que ya no puede alcanzar con la testa el suelo, y muere de grandeza. Mejor dicho, de exceso, de cantidad. Es, concluye, “oportuno símbolo de imperios y soberbias. Así se extinguieron otros graciosos animales de ese entonces. La Naturaleza se impone sus propios castigos y el Megalosauro y compañía sucumben, enfermos de tamaño, por desmesura, de puros monstruos que eran”.

Cuando más adelante el hombre “se pone él a crear, también se le va la mano”, y las primeras civilizaciones “se afanan tras lo magno” y dejan entre los escombros de la historia grandes “lecciones de exorbitancia”, como pirámides, esfinges y demás ruinas magníficas de las culturas antiguas. Hasta que llegan los griegos y descubren que la grandeza y la belleza están en la medida, no en el tamaño ni en la disformidad.

Pero pasados los siglos en los que el respeto a la medida significó la grandeza de la creación humana, con excepción hecha de las guerras -que siempre han sido resquicios por los que se asoma la monstruosidad de los hombres- pareciera que el hombre del siglo XX (y más aún hoy, valga anotarlo) “se ha enamorado de los monstruos y adora el tamaño, sobre todas las cosas... La tierra se vuelve a poblar de monstruos. Ahora no son hijos de la naturaleza: son artifechos, artefactos, criaturas del hombre”. Ahí estamos. A punto de morir de exceso, de cantidad. Enfermos de tamaño, enloquecidos por la cantidad más que por la calidad.

Concluyamos con Salinas: “No se olvide que la monstruosidad contemporánea...es pura obra del hombre... El homo rationalis se rodea de atrocidades, de disparates, y los contempla embobado. Ya Goya lo había dibujado y dicho: El sueño de la razón produce monstruos”.

Concluyo desde una orilla del Cauca: Cría monstruos y se te saldrán de las manos.

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