Ángela Marulanda
Columnista

Ángela Marulanda

Publicado el 25 de junio de 2018

Cuando los sobreprotegemos... los perjudicamos

Quienes constituimos nuestras familias después de los años setenta somos las primeras generaciones de padres que criamos a los hijos bajo el poderoso influjo del movimiento pro autoestima, el cual cambió notoriamente el enfoque de la crianza. Mientras que la consigna de nuestros padres era educarnos para que fuéramos “responsables y obedientes”, hoy nuestros esfuerzos están mas orientados a lograr que los hijos tengan una buena autoestima porque sabemos que es fundamental para que tengan una vida exitosa y feliz.

Si bien es muy positivo que los padres sepamos la importancia de fortalecer un buen concepto de si mismos en los hijos, lo que no está bien es que con este propósito en mente, nos desbordemos en el reconocimiento que le damos a los hijos por cualquier acierto o progreso que tengan y que por esta razón lo celebremos como una hazana, por ínfimos que sean: un regalo porque comieron bien (pero solo lo que les gusta); un premio porque terminaron sus tareas (gracias a nuestra ayuda); una medalla porque juegan algun deporte (asi no hagan ningun papel); y hasta les hacen una ceremonia cuando terminan su educacion preescolar en la que los disfrazan con toga y birrete (vestidura propia de quienes se graduan de la universidad). Como consecuencia, hoy las habitaciones de los niños parecen salas de diplomas y trofeos que les ratifican que sus hijos son una maravilla (aunque no lo sean).

Cuando sobrevaloramos los logros de los hijos, por ínfimos que sean, todo se convierte en hazaña y los verdaderos triunfos son irrelevantes. Así, los niños pierden la habilidad para diferenciar lo que es una verdadera victoria y lo que no lo es. Lo cierto del caso es que tantos premios acaban por convencer a los niños que son una maravilla en todo (aun cuando no lo sean) y además los animan a que hagan las cosas por ser alabados y no de un justo reconocimiento de su esfuerzo y su valor como personas.

Como hoy las obligaciones de nuestros hijos se convirtieron en nuestra principal “pre-ocupación”, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo con ellos corriendo para solucionarles sus problemas. Así, mientras esto siga sucediendo, los niños no aprenderán a cumplir con sus deberes ni a responder por sus obligaciones y tampoco comprenderán que ellos son los arquitectos de su porvenir.

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