Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 14 de abril de 2018

Cuento de niños para candidatos

Lo recuerdo ahí, sentado en la acera. Podría ser, en el calor canicular de este pueblo a orillas del Cauca, una diminuta sombra más bajo los aleros. En su cara teñida de pálida ternura, en sus ojos por los que se asoma una limpia mirada de triste inocencia y, en los labios con las huellas de una alegría infantil que se ha marchitado, se advierte la presencia de un niño que se volvió viejo.

No tiene más de diez años. “Le cuido el carro” -me dice. No pide limosna, no suplica, simplemente ofrece un servicio. “De eso vive –comenta el dueño de la heladería a la que hemos entrado a tomar un refresco. También vende todos los días boletas para una rifa. Los hermanos se fueron y él vive solo con la mamá, que es inválida. A él le toca buscar el sustento. “Desde la cama -dice- mi mamá me indica cómo hacer la comida en el fogón”.

Este niño es el hombre de la casa, el jefe del hogar. Cuando se despidió y se perdió calle arriba, llevando al hombro el bultico de mercado que le compramos con mi esposa en la tienda de enfrente, detrás de su dulce sonrisa infantil agradecida vi de pronto eso: un niño envejecido. Y ahí sigue su imagen en el alma, en la conciencia, como un reclamo, como un grito silencioso.

Un grito y un reclamo que, por supuesto, no se puede conjurar con una simple compasión sino que toca el diente podrido de la injusticia social. Porque esta historia es vieja, pero se repite hoy, como todos los días, en nuestros pueblos, en las calles de nuestros barrios, a la vuelta de muchas esquinas de nuestra ciudad opulenta. La pobreza, la miseria, el abandono, el desamparo. Con razón el Papa Francisco, al retomar las huellas del “poverello” de Asís, fustiga la injusticia social de este mundo rico y globalizado. Sin justicia social, sin equidad, no habrá nunca paz. Juan Pablo II ya había dicho: “Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de la guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz duradera. Está condenado al fracaso cualquier proyecto que mantenga separados dos derechos indivisibles e interdependientes: el de la paz y el de una desarrollo integral y solidario”.

Cierro los ojos. Se me revive la cara de ese niño pobre que vi envejecer de repente hace ya años. Una cara como la de tantos niños que, sin voz ni voto, y a menudo sin comida, miran desde el fondo del olvido a los candidatos en este época de elecciones

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