Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 14 de julio de 2018

De lo que seríamos capaces

Finalmente, el mundial llega a su fin y una vez más pude contemplar el poder contagioso que el deporte tiene de hacernos sentir parte de una misma realidad. En Rusia, como ocurrió en Brasil, la selección liderada por Pekerman logró hacernos respirar al unísono.

Es como si el fútbol tuviera la capacidad de aprovechar una realidad latente, de volver a los colombianos conscientes de la existencia de un vínculo profundo y visceral que los une a todos, transcendiendo las diferencias.

La imagen que tengo de esta realidad es la de millones de colombianos que se ponen la camiseta amarilla de la selección, en un ritual poderoso de identificación nacional. Se desnudan de todas sus diferencias para llevar una identidad compartida. Es un acto recordatorio, en el sentido que despierta en el corazón la memoria de algo que une y que trasciende. Nos vemos y nos reconocemos en el otro. Es la experiencia de una conexión humana profunda.

El deporte (así como la cultura; es suficiente pensar en lo que ha representado Gabriel García Márquez) ha logrado lo que la política no ha podido, y que al parecer no quiere lograr: la unidad de los colombianos. De hecho, en el deporte vemos a líderes positivos que inspiran y hacen vibrar en la misma frecuencia a todo un país, la política en cambio está poblada de líderes que se dedican a polarizar y a alimentar el odio. Si el deporte y la cultura nos unen, la política nos aísla, nos fragmenta, nos vuelve una Babel, donde no hay capacidad de comunicación o conexión. En la política hacen falta hoy líderes que nos hagan experimentar la conexión humana. En lugar la cultura política de hoy es fría, cruel, sádica. Sus prácticas son, en su gran mayoría, la negación de lo que debería ser la esencia de la política; la promoción del bien común. Por haber perdido su rumbo, la política actual se ha vuelto violenta en su esencia.

Me parece entonces que la experiencia del Mundial nos hace recordar una verdad esencial de la experiencia humana; que cada uno de nosotros es al mismo tiempo un ser completo e independiente, y parte de un sistema más grande que nos trasciende. En otras palabras, cada persona es un todo, compuesto de totalidades (células, órganos, estados psicológicos, etc.) y al mismo tiempo es parte de un todo mayor (familia, grupo, comunidad, nación etc.). Arthur Koestler acuñó el término “holón” para referirse a una entidad que es en sí misma un todo y al mismo tiempo forma parte de otro todo. Cada uno de nosotros es un “holón”.

Es cuando perdemos esta conciencia que se desarrollan las patologías sociales, de las cuales la violencia es la más evidente, y la consecuencia más dramática de la desconexión humana. Por eso, hoy necesitamos líderes generadores, que reactiven en nosotros el gusto por la conexión humana y la conciencia de que somos “holones”. De esta manera seremos capaces de sanarnos, sin tener que experimentar esta realidad solo cada cuatro años, cuando hay un Mundial.

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