Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 09 de febrero de 2019

De monstruos y megalomanías

En la anterior emergencia en Hidroituango, concluía yo un comentario sobre el tema con esta frase: “Cría monstruos y se te saldrán de las manos”. Hablaba de la megaobra que de ser emblema del orgullo paisa es hoy pesadilla amenazante. El disminuido curso del río Cauca, aguas abajo de la represa, es la imagen de un monstruo herido de muerte. A sabiendas de que también bajo tierra, por entre túneles y oquedades ruge otro endriago que, si se despierta, va a dar cuenta de la “monstruosidad” en la que estamos montados.

Hablaba en mi artículo de una teoría de los monstruos, siguiendo los planteamientos del escritor y poeta español Pedro Salinas (1891-1951). La teoría es simple: primero en la naturaleza, luego en las civilizaciones y hoy en la ciencia, en la tecnología, en la ingeniería y en otros campos, se crean grandes obras que bordean la locura y se cimentan en las arenas movedizas de la desmesura.

Pero mejor que ensañarme en los posible errores de EPM o de tratar de entender las huidizas explicaciones de su gerente, del gobernador de Antioquia y del alcalde de Medellín, vuelvo al texto de Salinas.

“Al principio fueron los monstruos. Cuando la naturaleza se ensaya y ejercita sus caprichos creadores, empieza por Dinosaurios; sus hijos primeros alcanzan tamaños fabulosos, dimensiones que amedrentan. La naturaleza no tiene medidas y desmandadamente se lanza a una orgía de tentativas disparatadas que acaban de mala manera... La Naturaleza se impone su propios castigos y el Megalosauro y compañía sucumben, enfermos de tamaño, por desmesura, de puros monstruos que eran”.

Cuando más adelante, el hombre -continúa Salinas-, se pone él a crear, también se le va la mano, y las primeras civilizaciones “se afanan tras lo magno” y dejan entre los escombros de la historia grandes “lecciones de exorbitancia”, como pirámides, esfinges y demás ruinas magníficas de las culturas antiguas. Hasta que llegan los griegos y descubren que la grandeza y la belleza están en la medida, no en el tamaño ni en la disformidad. Preciosa es entre todas la noción de la medida, certero camino hacia la verdad”.

“Pero pasados los siglos de gloria en los que el respeto a la medida significó la grandeza de la creación humana... la Tierra se vuelve a poblar de monstruos. Ahora no son hijos de la Naturaleza: son artifechos, artefactos, criaturas del hombre”.

Ahí estamos. A punto de morir de exceso, de cantidad. Enfermos de tamaño, enloquecidos por la cantidad más que por la calidad, a sabiendas de que podemos morir aplastados bajo las garras del monstruo que nosotros mismos hemos creado. Lo entiendo mejor aquí, imaginariamente parado en una orilla del Cauca, este exquisito monstruo que se resiste a ser domesticado.

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