Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 12 de agosto de 2017

Decir la verdad riendo

Hablé con el padre Nicanor sobre la pelea, torpe y desabrida, entre el expresidente Álvaro Uribe y el periodista Daniel Samper Ospina, que sobra resumir aquí y que ha tenido ocupada y preocupada a la opinión pública. Muy a regañadientes, el viejo cura accedió a hacer algunas consideraciones.

-Más por quitarme de encima a un sobrino impertinente -me aclaró. Definitivamente, a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos -añadió.

-Pero de todas manera supongo que usted, tío, también está escandalizado.

-¿Escandalizado de qué? A estas alturas, muchacho, ya no hacen mella ni las rabietas de un expresidente al que se le sube a la cabeza, cuando menos piensa, el apellido, ni las fanfarronadas de un columnista al que también el apellido y una cierta desfachatez heredada le hace pasar malos ratos. Ni se asusta uno ya por las peleas entre un bogotano buscapleitos y un paisa camorrero.

-Pero usted no puede negar que es grave lo que ha ocurrido: un personaje emblemático -querámoslo o no- de la vida nacional, agarrado a punta de insultos y leguleyadas con un periodista que -también querámoslo o no- es reconocido en la prensa colombiana por sus columnas satíricas y burleteras.

-Ahí va mi primera observación que, como buen cura, ensarto en un latinajo del gran Horacio: quemquam ridentem dicere verum, quid vetat?” Una frase que también aparece formulada así: “Nihil vetat ridentem dicere verum”.

-No es necesario que me las traduzca, padre. A uno le suenan ahí mismo: nada prohíbe decir la verdad riendo; ¿qué prohíbe a alguien decir la verdad mientras se ríe? -Vea, pues, ya ni se necesita haber estudiado latín para entender a Horacio. Y uno todavía creyéndose un privilegiado porque aprendió una lengua muerta que ya no usan ni siquiera los curas. Pero, como sea, en ese epodo de “Las sátiras” de Horacio está el principio rector e inspirador del periodismo de humor, de la sátira escrita o hablada, de la caricatura, de la imitación de voces.

-No se me vaya a ir ahora, tío, por una de esas largas digresiones suyas sobre el humor y la sátira en la literatura, sobre famosas obras jocosas, sobre lo cómico en el periodismo, tanto en el viejo como en el nuevo y en las más recientes formas de comunicación, como está ocurriendo ahora con los trinos. Ya los políticos no son solo tronantes y sonantes, como en el pasado, sino trinantes y malsonantes a cualquier hora del día o de la noche.

-Pero más delicado, sobrino, es reflexionar sobre cómo el poder, la autoridad mal entendida o el autoritarismo, la intransigencia y el caudillismo, se sienten amenazados por el humor, por lo cómico en el periodismo, llámese caricatura, columna de opinión o gracejo radial.

-Es cierto, padre Nicanor. Una sociedad, una persona, una institución, un líder, dominados por el dogmatismo y por la polarización son enfermizamente alérgicos a la broma, al chiste, al humor, a la crítica sonreída.

-Que tal vez es lo que nos está pasando. O sin tal vez.

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