Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 22 de mayo de 2018

Desastres naturales, desgracias e injusticias

¿Cuándo una desgracia es un desastre y cuándo constituye una injusticia? La filósofa Judith Shklar dice que “si el acontecimiento luctuoso ha sido causado por las fuerzas de la naturaleza, es una desgracia y, consecuentemente, hemos de resignarnos al sufrimiento. Ahora bien, si algún agente malintencionado, humano o sobrenatural, lo ha ocasionado, entonces se trata de una injusticia y debemos expresar nuestro escándalo y nuestra indignación”.

En el momento en que escribo estas líneas, la situación del proyecto Hidroituango es crítica, pero no se ha producido una desgracia. Algunos califican lo que ha pasado como “los infortunios de una obra pública” (Pascual Gaviria). Otros saltaron a decir, como lo hizo el gobernador Luis Pérez de forma irresponsable y desconsiderada, que lo que pasaba era una “película de ficción” y una “telenovela”. Después reculó.

Negar los peligros, gobernador, es lo más temerario que hay ante la posibilidad de una catástrofe. Las medidas preventivas, que pueden garantizar la seguridad de las personas, se sustituyeron en sus torpes frases por la infalibilidad del conocimiento de los ingenieros de EPM, cuando ellos a la vez decían que habían perdido el control sobre la represa.

La política de construcción de represas para generar energía eléctrica, para regar tierras cultivables o para bombear agua a regiones como la sedienta Guajira, resultó de decisiones de las elites políticas y económicas del país con el fin de garantizar la autonomía energética y poder así aumentar la productividad económica de la emergente industria nacional, del comercio, de la agricultura.

Pero la construcción de represas debe contextualizarse en el desarrollo del capitalismo. El dominio humano sobre la naturaleza en el capitalismo (y el socialismo) está plagado de consecuencias ambientales no deseadas, de actividades destructivas, que en muchos casos son irreversibles, como la extinción de especies o el desplazamiento de poblaciones.

Colombia, que es una potencia ambiental, viene destruyendo su naturaleza en aras de generar un crecimiento de la economía bajo un esquema centrado en las industrias extractivas y una política energética basada en el petróleo. Esto debe ser reversado para lograr un balance entre la protección del medio ambiente y el crecimiento económico.

Ahora, si se produjera una gran tragedia no se podría afirmar que fue el infortunio de una obra pública. La amenaza del desastre permitió ver que Hidroituango ha causado injusticias entendidas no como desgracias producidas por la naturaleza, sino como actos de seres humanos. Las autoridades no han atendido suficientemente las demandas que la población les ha hecho para que controle y regule los efectos negativos que sobre la naturaleza produce la construcción de la represa y para que, ante la decisión política de hacerla, se les den a los despojados tierras, proyectos productivos y viviendas. Hoy viven arrumados en las orillas del Cauca. El Estado no ha protegido a esta población de los efectos de la violencia asociada a este megaproyecto. Ha habido amenazas, ataques con explosivos y dos asesinatos. Se trata de diferentes injusticias, que debemos rechazar y por esto expresar nuestra indignación.

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