Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 18 de junio de 2018

Desgracia de Messi y gracia de Cristiano

Hoy el planeta amanece preguntándose por qué a uno de los mejores jugadores de la historia no lo acompaña la fortuna de los goles y las victorias en los campeonatos mundiales de fútbol. Lionel Messi agranda su álbum de fotografías de desconsuelo: falla un penalti contra un arquero islandés con seis años de profesional, que es, incluso, mejor como director de cine, Hannes Halldórsson.

“Messi, querido, ché, por qué se te ve tan desangelado en las copas del mundo”, se preguntan los argentinos y la otra mitad más uno de los fanáticos de este deporte, que siguen sus hazañas en el Barcelona, donde cabalga y conquista toda corona que dejan a su paso. Pero, en el Mundial, se convierte en una pulga.

En la marejada de especiales que inunda la TV por estos días, Gary Lineker, Lothar Matthaus, Ryan Giggs y Gianfranco Zola, exestrellas de Inglaterra, Alemania e Italia, no dudan en poner a Messi por encima del astro portugués Cristiano Ronaldo.

El talento del argentino para llevar el balón pegado al cuerpo, en cambios de ritmo imprevisibles y explosivos, su facilidad para escurrirse entre los rivales como un pescado y su zurda con ojos en los taches para poner la pelota en el ángulo en los tiros libres, son las credenciales de un crack imposible de ignorar.

Pero Messi es demasiado sombrío para ser un jugador de fútbol. Guarda más hielo en su pecho que los once islandeses que enfrentó ayer. Es ajeno y ensimismado, tanto como para negarle un apretón de manos y una caricia en la cabeza a un niño que viaja de Guatemala a Brasil, para soñar aferrado a su ídolo mientras buscan la luz al final del túnel que lleva a la cancha.

Ese Messi que compone piezas futbolísticas maestras e imposibles para luego volverse opaco, insípido, retraído. Un jugador al que le sobran las muestras de genialidad, pero al que le faltan gracia y amor con los fanáticos.

En la exagerada simpleza de Messi y en su supuesta sencillez, que más bien son una mueca de indiferencia, se hunden sus virtudes deportivas. Al otro lado del espejo está Cristiano, al que critican por su estilo de celebridad metrosexual, al que no le perdonan una sola de sus extravagancias y vanidades, pero que al final siempre demuestra que juega para el equipo —y no al revés—, capaz de resucitar a una Portugal que, sin él, es una cuadrilla de obreros picapasto.

Cristiano, que también cobra tiros libres con precisión de enhebrador de agujas. Que no solo conduce el balón pegado al cuerpo sino a un corazón hinchado por esa fiebre que contagia. El líder, de arrogancias más míticas que ciertas, capaz de un abrazo afectuoso con los niños que se acercan a estrechar su inmensa humanidad.

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