Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 23 de agosto de 2018

Despedirse de las cosas

La gente se une en esta vida y se separa, normal, o eso parece. Nada es eterno, así existan mantras tan simpáticos como aquel de la Iglesia que dice: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. Pero las cosas duran lo que tienen que durar, ni más ni menos. Si fue una semana, no es poquito, es lo que tenía que durar. Al menos yo estoy convenciéndome de eso. La gente se va de la vida de uno cuando se tiene que ir, punto. Lo complejo de una separación, y más cuando han pasado varios años, es ese montón de cosas que se terminan compartiendo, no hablo de los momentos felices, y los tristes también, hablo de los enseres, de las cosas, de lo material.

Nadie convive pensando que se va a separar, para esa gracia, mejor no unirse con nadie. Entonces compras muebles, cuadros, vajillas, música, libros hasta que todo se vuelve una amalgama en el hogar que no reconoce a un único dueño. Y esto es un problema, porque uno se encariña con el amor, con las personas, pero también con las obras completas de Shakespeare o un diccionario antiguo.

Un día, te llega un correo con un encabezado que dice: “Mis cosas” y una lista que te rompe una vez más el corazón. Es tan larga, que parecen los requisitos cuando quieres estudiar en una universidad gringa o quieres participar en un proyecto con el Estado. La imprimes para tenerla muy presente y empieza la peregrinación por la propia casa, por las paredes de libros, sobre todo.

No puedes creer que tendrás que despedirte de los libros sobre la historia de las mujeres y lo que le conseguiste en librerías exquisitas para que ella fundamentara mejor su feminismo. Te aterra no poder volver sobre los subrayados de muchos de esos libros que ya creías tuyos. “Mis cosas” incluye también un cuadro de la Sagrada Familia, pocillos para el té, documentos personales, un juego de ajedrez, alfombras y más objetos que cada quien cree indispensable recuperar. Eso está bien.

Haces la tarea juicioso, lentamente, después de llegar del trabajo y mientras escuchas por última vez aquel álbum bellísimo de los Borgia dirigido por Jordi Savall. Quieres encontrarlo todo para despedirte por fin de ella, pero no todo aparece, hay libros que se esconden, no los encuentres así los llames con nombre propio, con la forma y el color que recuerdas.

La tarea es ardua, se te salen otra vez las lágrimas de tanto escarbar. Los recuerdos también vienen envueltos en cositas sutiles. Al fin le dices adiós a nueve cajas de cosas. Coges la lista interminable, haces una bolita de papel y la arrojas al cesto de la basura. Ya no quieres más pendientes con ella, ya no quieres pensar que algo de tu casa aún le pertenece. Al fin pasas la página, una página tan pesada que duró años para poder cerrarse de una vez por todas. Guardas ese libro del pasado en un lugar donde nadie lo vea.

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