Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 16 de julio de 2018

DIOS DA EL DON, PERO TAMBIÉN DA EL LÁTIGO

Ha llegado a mis manos un libro de esos que, desde que se abre la primera página, uno sabe que lo llevará de la mano hasta el cielo. Su autor, Joseph Mitchell, es un viejo periodista que trabajó muchos años en la revista The New Yorker y se convirtió en una leyenda del periodismo.

Se llama “La fabulosa taberna de McSorley”. Mitchell es un hombre casi desconocido entre los lectores de la lengua de Cervantes, a pesar de que es considerado hoy uno de los más grandes escritores de Estados Unidos de todos los tiempos.

Mitchell pertenece a esa especie admirable de periodistas que dedicaron su vida al llamado peldaño más bajo ―pero más genuino― del oficio: la crónica local. Juan Bonilla, un entusiasta comentarista de su obra, dice que contra el lugar común que pide a las piezas periodísticas narrativas que sean literatura, Mitchell quiso hacer lo contrario. Para él, toda gran obra literaria debería tener algunas cualidades del periodismo, como la precisión, tal como sucede con el catálogo de naves de la “Ilíada” y el inventario de piezas de artillería de “La guerra y la paz”.

De ahí que Mitchell no fuera uno más de esos periodistas acongojados porque sienten que si no están escribiendo una novela, no están dando lo mejor de sí. Por el contrario: están convencidos de que el periodismo narrativo es literatura. Literatura de urgencia.

Tal vez por eso padeció la misma enfermedad de cronistas como Roberto Arlt, Luis Tejada, José Martí y Julio Camba que ya no veían puestas de sol ni amaneceres, sino posibles temas para sus crónicas. Como ellos, Mitchell salía a buscar sus temas y sus personajes en las calles de Nueva York. En una ciudad con los edificios más altos del mundo, que obliga a la gente a mirar para arriba, él miraba para abajo rastreando almas, hundiéndose en los sitios más turbulentos: las calles del Bovery, los clubes de jazz, los muelles, las tabernas, los gimnasios donde entrenaban los boxeadores fracasados...

En las páginas de su libro, publicado por la editorial española Jus, Mitchell hace un retrato de la actriz Shirley Temple, visita un criadero de tortugas, entrevista a un boxeador que peleó con Joe Louis, cuenta la historia de un cantante de calipsos, negro y callejero, relata algunos incidentes de su vida como cronista de sucesos ―incluida una historia con gitanas en una estación de policía― y compone un réquiem sublime en memoria de la taberna más vieja de Nueva York, un bar lleno de bohemios, vagabundos y marginados, donde él pasó algunos de los mejores años de su vida.

Mitchell solo era conocido en nuestra lengua por su historia sobre Joe Gould, un mendigo famoso en el bajo mundo de Manhattan, llamado “Profesor Gaviota”, una especie de escritor prodigioso que lo había abandonado todo ―incluso una cátedra en la Universidad de Harvard― para dedicarse a escribir durante varias décadas una obra que, según él, iba a consagrarlo como el sucesor de James Joyce. Un libro inexistente que pretendía convertirse en la gran historia oral de nuestro tiempo.

Dice un proverbio antiguo que Dios da el don, pero también da el látigo. Después de dedicar algunos años a desentrañar el misterio de la vida del Profesor Gaviota, Joseph Mitchell, como él, se sumió en el silencio y se convirtió en una especie de reliquia. Él mismo dice que, sin darse cuenta, se quedó viviendo en el pasado, y jamás pudo volver a escribir en el presente. Desde entonces, iba a su oficina todos los días y se encerraba. Solo salía para comer y después volvía a encerrarse. Murió en 1996, mientras luchaba por acabar sus memorias. De ellas solo alcanzó a escribir tres capítulos.

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